miércoles, 1 de agosto de 2018

Un desplazamiento solitario.

Canté en la oscuridad y ahora es esa canción la que me da miedo. Más aún: soy leproso. 

El paquete rojo. Jean Cocteau 


El pulso de mi corazón
al ritmo de las olas,
tus olas,
el juego,
tu juego,
la fecha,
tus años,
la luna,
tu extraño satélite
orbitando entre energías
de perros callejeros
y ausencias felinas.

Alguien al mirarme se reía
y ahora sé por qué.

El pulso de mi corazón
al ritmo de guitarras españolas,
ondeando en las calles y en banquetas;
sentado a ver el tráfico
y sintiendo que al lugar a donde va
ya nadie espera.

Tras el hilo de la falda
de una camarera recargada contra la pared
que fuma y tose,
el pulso de mi corazón
contra el deseo
de no ver de nuevo a nadie
y no quiere que yo quiera
adivinar en qué terminan
las palabras que te digo.

El pulso de mi corazón
porque ha llovido
y llover sigue siendo
la partitura  con la que nos lleva
de viaje
el encierro.
Al ritmo de unos tacones
que no logro recordar
porque no fueron más que anhelo.

El pulso de mi corazón
con las manos en el teclado
suspirando
a sabiendas de que no podré escribir
ni las dudas ni la euforia.

Al ritmo de los cajones cerrados
de la turbia multitud desposeída
sin cuartel
entregado a ese día
que a través de la ventana
va quemándose.

El pulso de mi corazón
siguiendo el ritmo
de un desplazamiento solitario
a través de esta falta de memoria.

Omar Alej.  

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