jueves, 2 de agosto de 2018

La noche que se fue la luz.

Después miré la lluvia por la ventana.
Y me rendí. Me puse por entero
en manos de esta mañana lluviosa.

Lluvia. Raymond Carver. 


Se fue la luz.
No llovía, no había bombardeos
y nadie podía asegurar
que se hubiera ido
a causa de un corto circuito.
Más bien parecía que alguien
o algo
hubiera querido volver en el tiempo,
cuando la energía
no era cuestión de interruptores
ni estaba recluida en cables.

Yo apenas tenía siete años
y no conocía la noche de aquella manera,
primero nuestra calle
y después todo el barrio;
la oscuridad se había vuelto un paseo,
como si fuera una playa.
Durante las horas de la madrugada
las gentes
salieron e hicieron fogatas,
comida y campamentos.
La urgencia por iluminar
decretó que ahora había un proyecto en común.  

A veces no resultan suficientes
un techo, una reja y un arma.
A veces uno necesita ponerse
a resguardo de fuerzas vacías.

Algunos padres
pusieron automóviles encontrados
y cada tanto encendían los motores,
para que la batería no muriera.
Yo escuchaba y me guiaba
entre la oscuridad,
enredando sus voces con lo que podía ver;
algunos presumían saber las causas
y otros simplemente ahí estaban.
Yo por entonces no hubiera querido escapar,
aún conservaba el anhelo de ser aceptado;
pero me hubiera gustado ser como Laura
y encontrar ridícula aquella suma de esfuerzos.

La luz regresó al tercer día,
no recuerdo si en algún momento
alguno de nosotros supo las causa reales
de la oscuridad.
Cuando duermo solo
con las luces encendidas
sueño a Laura diciendo que la noche
no se puede apagar con luz;
la noche siempre está ahí
y las cosas de la noche también.
Omar Alej. 

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