lunes, 6 de agosto de 2018

En el barrio chino del mundo.

¡Espera! Una última escena
antes de irse a dormir. Su cerebro rebulle mientras
vuelve al escritorio -la pluma,
el frasco de la tinta, las cuartillas revueltas.

Balzac. Raymond Carver. 


Hay alguien a mi lado,
cuenta un cuento
a una niña
que está contando
también,
o son sombras
o son sueños  
o es un eco que hace el tiempo
cuando uno no se mueve.

El tráfico afuera
me produce ansiedad;
una inquietud desolada…
la lluvia se pausa,
veo como las gotas se siguen
marcando poros en el aire;
siento que el camino
es solo una manera de volver,
sin saber cómo,
a casa.

Los primeros instantes
de la oscuridad
destacan lo breves
que han sido
los pasos que dimos
a través del zócalo,
saliendo y entrando
de comercios
que a esta hora
ya están cerrados.

Me abrazo a mí mismo.
El frío me alienta,
para duplicarme.
Me atrevo a la pena
de un mundo por descubrir,
ya no disimulo
la melancolía
que suelen dejarme
los días que se secan
en un carrete de fotografías.

A pesar de tener escrito
en las manos
que lo normal es herirse,
viajo buscando la salida.
En lo personal no disfruto
de los horizontes más fuertes;
quizá se debe
a que mi cara
en los espejos
comúnmente está rota.

En el barrio chino del mundo
ha sido una tarde estupenda,
siento una fraternal comunión
con estas pequeñas gotas de lluvia
que se pretenden el mar
y caen entre restos de agua pasada.
Hay alguien a mi lado,
cuenta un cuento
a una niña
y en parte me consuela
y me quedo dormido
en parte.

Omar Alej. 

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