miércoles, 8 de agosto de 2018

Dos chicos recién salidos de la calle.

Entonces abrí los ojos, me levanté
y volví a sentirme feliz otra vez.
Te lo debo a ti, ya ves. Quería decírtelo.

Para Tess. Raymond Carver. 


Qué vestidos más oscuros
y esas caras como latas
decorando joyerías,
cuando el mundo no parece
ni La Paz ni Baltimore…
en las fábricas las maquinas en huelga,
ya se sabe que debajo de los puentes
cada noche es navidad
y que hay flacos
que una vez que se recargan
en el muro
se convierten en cemento.
Mientras que unos se engominan,
en mi barrio los relojes
van cambiando de muñeca.

Deslizaban las cortinas;
pero todos apostaban  
a que el sol era una mascara
no más.

Nos llamaron a la barra,
nos pusieron en charolas
lo que otros beberían,
vino tinto, vino blanco y vino rosa.
Más de uno parecía perturbado,
de sus manos corrían ríos de sudor
y el olor era una mezcla
entre el aroma de las flores
y el tabaco de lociones,
para hombres, sementales.

Tú y yo,
dos chicos recién salidos de la calle.
No lo puedo asegurar;
pero creo que hasta estábamos contentos
por poder perder el tiempo
sin más nada que perder.  
Nos escondimos en el baño
y ahí bebimos de las copas
que algunos abandonaron,
dimos dos o tres caladas
de tu pipa con hachís
y te ataste la corbata alrededor
de la cabeza.

Fue una noche inolvidable
que me invento
cuando un rayo sale mal
y no aparece.

Nos llamó el capitán de camareros,
nos quería maldecir
y resbalé con una sopa
que yo mismo había tirado
en mitad de la cocina
<<Nunca más serás mesero>>
me dijiste al ayudarme a levantarme
y un señor con su señora
nos miraban con la cara de tener
algo nuevo que contar.

Sin embargo los demás
no estaban hechos,
para hacer nada por nadie.
Había focos de colores,
fuentes de fruta dulce,
zapatillas de cristal,
zapatos negros de charol,
mucho gusto por las artes
y desprecio por nosotros;
pero tú y yo sin enterarnos,
volveríamos caminando 
y viendo el mar que hacia en el cielo.

Omar Alej. 

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