miércoles, 6 de junio de 2018

Sobre las buenas costumbres.

Imagínate, cuando estábamos en el college, que alguien hubiera dicho la palabra “millonario” con admiración y respeto.

La lección de anatomía. Philip Roth. 


Le pregunté por la ubicación
de una calle,
no respondió.
Se dio la vuelta
y se fue encima de la orilla
de la acera
haciendo equilibrismo.

Parecía venir del mar;
pero no haber visto
nunca
un vaso con agua,
para beber.

El mundo
de los mundos
que un mal día se acabaron
no valía,
para él,
ni el contenido de una bolsa
en el aire.

Sé que hay huecos que se llenan
en virtud
y que hay vicios
que además abren boquetes.
Sin embargo no repruebo el egoísmo,
sé qué pasa en el invierno;
no quisiera que alguien venga
cuando esté en el callejón
sudando frío.

No quería tener tratos
ni compinches ni colegas ni asociados.
Algo tienen en común los hijos únicos
y él mismo no entendía  
que el camino se hace andando
y que la senda es solitaria
si uno cree que en algún sitio
alguien lo espera.

Los perros lo vieron pasar
sin siquiera ladrarle,
una mesa bailaba
dentro de una repostería
de nombre alemán
y un camarero intentaba
hacerse notar,
para un par de clientas
que no decían nada.

No miró a ningún lado
ni abajo ni arriba
y, aunque daba la espalda,
el sol apreciaba
que llevaba los ojos
dirigidos adentro;
pero con la vista perdida.  

Algo había roto su pecho,
la verdad de los huesos
es la que no pudre
y eso estaba escrito
en sus dos antebrazos
como si fuera un día de examen.

Estaba pasando a través
de la puerta giratoria del recuerdo
y algo había roto en su pecho;
quizá la llamada que nunca llamó,
quizá los recreos
en aquella secundaria de gobierno,
tal vez las farolas
que no había fuera de la casa de Ruth,
quizá solo era otro idiota
convencido de que la fortuna
ahora está con los otros
y que él era quien debía de tomar
sin agradecerlo.

A las once con cuarenta y seis
solo soy un peatón en servicio;
es lo que aprendí de un poema
de Jaime Sabines.
También he leído
que la ingratitud es lo que produce
cualquier intercambio;
pero eso no sé quién lo dijo.

La semilla del dolor
no pide riegos
y sin tiempo
se hace un árbol cadavérico
que asombra al más curtido
en esqueletos;
eso lo ve cualquiera
que se fije en lo que lleva entre las manos
la versión extendida de La Venus de Milo.

Omar Alej. 

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