jueves, 14 de junio de 2018

Los perros ladraban en francés.

Todo el mundo
súbito y brillante
un momento antes que Dios
te girara hacia adentro.

La playa de Kamini (El Libro del Anhelo). Leonard Cohen. 


He dinamitado la isla
solo me queda la nave;
si te llamo
es para esclarecer mi silencio
y no convertirme en tu voz.

Hoy por la mañana en la calle,
con una lluvia tópica
del sentimentalismo de antes,
me di cuenta que los perros
ladraban en francés.
Yo no hablo en ese idioma
y como cualquier impresionable,
al escucharlos,
me creí que recitaban versos
de poetas malditos
y que estaban extasiados
por la forma en que Chet Baker
había convertido en un estilo
la impostura.

Uno de ellos era blanco,
de pelo duro,
y tres más se evaporaron
antes de que la memoria los pudiera registrar.
Hace tiempo me he habituado,
lo que pasa
no tiene nada que ver
con lo que pasó.   

Me gustan las calles
bajo la luz de la ausencia del sol;
en ese tono tan muerto,
mientras no pasa nadie,
parecen ser lo que resistió
a la aniquilación de la humanidad.
Hay algo en la gama de grises
que me hace pensar
en cuanto me gustaría  
una ciudad donde nadie
se cruza conmigo.
Ya no voy a decirte
de lo que me duele,
algunas palabras no tienen la culpa
y la forma del cansancio...
eso es algo que no enfocan los ojos
de los otros.

Podría pedir perdón;
pero lo más importante en un alegato de olvido
es soltar el peso que nos hunde
y en mi caso es humillante
el poder caminar sobre las aguas.
No fui lo suficiente,
para detenerme a hablar
con aquel que decía
haber ido en busca del sol
y haber quemado su sombra.
Algunos caprichos son sogas que atan,
se anudan a vientos que borran las huellas;
después se camina el desierto
y hay más soledad ahí adentro
que en cualquier devoción.

Agito las aguas,
tiro los huesos…
no creo que el destino esté ahí,
a veces el fuego derrite el hielo
y otras veces pasa al revés.

Omar Alej. 

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