sábado, 9 de junio de 2018

Carta a Dona.

Necesito
la compasión de mi propia atención.
Quién podría haber imaginado
que el corazón envejece
del contacto con otros.

La energía de los esclavos (16). Leonard Cohen. 


Querida Dona.

No espero poder aclararme ni lograr que no sea muy confuso lo que quiero decir. Pido porque esta nueva fase permita ponernos los ojos más grandes. Hoy por la mañana ha sido un amanecer sin tregua, el cuerpo del sol vino absoluto. No eché de menos los matices; la luz era amarilla y radiante en dirección de cada cosa: ni rojo ni rosa ni celeste ni violeta ni una sombra por aquí ni un secreto por allá… la noche se hizo de día, así -en rotundo, sin contemplaciones. En el cielo había nubes que no oficiaban como nubes sino que eran –como yo, nada pasando; nada que disfruta de ser nada y vacaciona frente al hueco del abismo, donde la orfandad es algo más que madre e hijo y también es otra cosa. Yo andaba con los cascos en las orejas, son lo último que compré en una de esas agonizantes tiendas de discos americanas. Escuchaba una canción emocionante y debo reconocer que mientras salgo a caminar me da por recordar a mucha gente y no es nuevo que terminé por poner sobre el papel lo que converso en mi cabeza cuando un golpe de emoción me atropella y hace que salgan huyendo la lógica y la realidad.

Al despertarme muy temprano sufro de minutos aprensivos y se siente como si fueran el fin. Me entran ganas de correr e ir tocando, de puerta en puerta, para decirles a todos eso que siento; pero no sé qué es y lo que sí sé es que no podría describirlo. Uno no puede transferir su condición de recién llegado. A veces grito, a veces el silencio es mi revancha, a veces voy llorando y otras veces solo soy un par de piernas que regresan a Camboya retiradas. Hoy hubiera querido que fueras tú la mujer que iba con un perro dorado y sonreía en una franca comunión con el cachorro. Fue muy bello de observar que ciertos gestos no perduran y son esos que –con tino, la nostalgia reproduce por capricho.

Me imagino que a estas horas tú estarás ya por la tarde, casi noche. Las diferencias horarias son de una premonición abrumadora. Han pasado cien mil millones de años desde nuestra última vida y no sé si da vergüenza o da orgullo; pero sigo siendo el mismo. Igual que tú he conocido el amor profundo. Ella es –por derecho propio, la parte mejor de días que terminan sin poder diferenciarse de las ruinas. No hace falta que me cuentes que en los brazos de Él la humedad de las tormentas no se llora ni se seca.

Advierto que mi carta no supone ninguna actualización entre nosotros. No te dice como estoy y no pregunto cómo estás. Solo divago. Insisto. Quizá sea que decirte lo que he venido a decir me produce ansiedad y verborrea. Creo que estamos aún juntos; como están juntos polo sur y polo norte, cada uno por su lado. Creo que el momento entre nosotros sigue siendo. Por favor no malinterpretes mi intención, tu libertad es el mundo que recorro y no quiero que se acabe. Sin embargo, también eso es lo que digo:

Las décadas sin vernos, los besos que hemos dado sin besarnos tú y yo, la codicia con la que nos apasionamos a otros cuerpos, las ventanas que hemos roto por pedir que no se vayan esos cuerpos, los paseos por la tarde, las comidas con amigos que venían por si acaso a despedirse, la primera vez que le dimos nuestro nombre a quien veíamos por primera vez, todos los excesos resumidos en seguir hasta las cuatro sin salir de nuestra cama ( tú en la tuya y yo en la de Ella ), los destinos que surgieron de una pena, los peajes que has pagado y yo no, las fronteras que has cruzado y yo no, las ciudades que inventaste con traslucida mirada y transparencias. Me atrevo a decir que sentí -por una fracción de minuto- que todas esas cosas y otras más, son la forma en la que seguimos juntos. No me sorprendería enterarme que es una teoría muy común y muy corriente; esto de que hay uniones, por encima de las cosas, que ya nunca se terminan. Llámalo inocencia o de alguna otra manera en la cual no sea algo enfermo. Insisto. La distancia, me parece, es una de esas cosas que estamos haciendo juntos.

A lo mejor tú quieres oponer que estás contenta en donde estás y que no me echas de menos. También digo lo mismo; pero hasta este estar en bienestar es algo nuestro. Insisto. Somos cómplices, testigos y el boicot. Estamos haciendo un día en la tierra y –como los polos, cada uno por su lado. Voy atesorar –hasta que digas otra cosa, esas palabras << no es que te haya tocado más mala suerte que a los demás. Es que eres más débil que ellos.>>
Con amor.
Omar.

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