martes, 22 de mayo de 2018

Dijey, el ácrata de derechas.

Con una mentira es posible que engañes a alguien; pero cualquier mentira te dice a ti mismo una gran verdad indiscutible: eres débil.

La hoguera de las vanidades. Tom Wolfe. 



Dijey persigue La Rata Negra
a través de los drenajes de la ciudad;
cuando uno hace eso
termina evadiendo su turno en la arenga
de un parlamento.
Quizá sea lo que dice
cuando dice que se sabe las canciones que se arrastran
enredadas en el fango y procrastinan;
presume ser señuelo que a las aves horroriza
y las causas -si es que hay alguna causa,
son más importantes que los hombres.

Hay quien sabe
que llegar a la traición
es necesario
y que es parte de ir andando
en vertical.
Dijey dispara su advertencia
contra el mundo detective
de un sector hipocondriaco
renovable
<<…y quien quiera relajarse
se haga mono orangután
y grabe en piedra
cuanto quiere por su culo.>>

En su bio no autorizada
la voz de una cronista,
con gafas de parlante, narra
que Dijey
bailaba, en su fiesta de graduación,
con La Reina Roja
y que al hablarle de Shakespeare
se dio cuenta de que El Bardo
ahorraba camino
porque había escrito
lo que acababa de pasar
junto a la trama de salida;
el Gato de Cheshire no había aprendido a reír
todavía,
tampoco El Sombrerero era Johnny Depp
como drogado con pastillas de Tim Burton:

Una droga peligrosamente blanca. 

Para pelear con decencia,
sin hacer uso de golpes bajos
y que cuando ganes o pierdas
no te acuse un resultado injusto,
debes pelear en peleas entre iguales;
sin importar si es un perro,
un hombre, una mujer,
un canario, un abogado o un cura,
para que reine la guerra
y sobreviva la paz
es necesario vivir el vínculo
con la carnada
y no con la cuerda de la que puedes tirar.

Todo ha de irse a la mierda.
Todo el dolor de los golpes,
de las caídas, de tu equipo derrotado
en el minuto noventa, de la barbarie de tu padre,
de los chillidos de tu madre, del calzón chino
en medio del patio de la escuela en el recreo,
de la fuerza policial, del precio de las cosas
que le quedan bien a otros y a ti no,
de las asfixia de tus hijos, de la muerte de tu perro,
de tu chica con la pija de tu alumno entre los labios,
de un automóvil que te pasa por encima,
de llegar hasta la caja y que no alcances a pagar,
de estar solo y amarrado, de gritar que no haya nadie...
todo el dolor en sus distintos compases
va sonando contigo hasta que alguien detecta
que has desafinado y se busca en tu miedo
las notas con las que puede componer su dolor;
a ese llámalo amigo.

Dijey baja del auto
y se sube a la acera.
Cada que llueve le parece posible
que el único camino, para volver a casa,
es la madriguera de La Rata Negra;
lo que le moja es que Alicia
sea la metáfora de una coneja en celo
con apetito sexual por los trabalenguas.


Omar Alej. 

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