jueves, 17 de mayo de 2018

Canto normal por la normalidad.

Él levanta su taza de té.
Esperen.
Entramos al café.
Él levanta su taza de té.
Nos sentamos juntos.
Él levanta su taza de té.
Ahora.

El contacto. Raymond Carver. 


Dentro de mi cabeza hay vacíos
y palabras que entran
como si fueran la boca de un túnel;
si les preguntaras dirían
que se han estado sembrando.

Me parece un fastidio
sentirse distinto,
creer diferente la forma
en la que vemos las cosas
o creer solo en eso
que nos diferencia;
pero aquí estoy,
no he dicho nada al respecto.
Él habla y exalta la fuerza,
la sucesión de corajes que uno debe tener,
para que los demás no corrompan su espíritu.

Para mí eso es cansado,
me estimula que el aire mueva las cortinas
y no le doy mucho peso
a lo poco o nada que eso signifique.

He descubierto que llevo años
sin darme cuenta
de lo mucho que me gustaba esa chica,
la del cabello rojo,
con olor a cigarro
y con estudios de antropología.
Nunca la escuché referirse públicamente
a los demás. Me excitaba el poco esfuerzo que hacía,
para cambiar nada de mi…

Estoy mal educado,
no confío en que exista lo que pueda hacerme feliz.
Asiento y divago.
No suelo estar interesado
en ningún tipo de tecnología.
Sin embargo,
aunque no estoy enterándome de nada,
me imagino que me habla
de todas la taras que respeta y valora
en el mundo del arte.

Yo sé que él es bueno
porque se cree que es muy bueno
y porque alguien -además de él,
está creyendo que es bueno;
pero sigo siendo el de antes.
Me basta con imaginar que hay hombres
como salidos de la garganta de un dios,
para no creer en los conocimientos
de ningún erudito.

Esto no me pasaba.
Cuando era un niño
quería que todas las voces
de todos los locos
me fueran mostrando el alivio
que tenía la locura;
pero ya no tengo miedo
de sentirme normal.
Lo que ahora me asusta
es ser castigado por serlo.

Omar Alej. 

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