lunes, 30 de abril de 2018

Los días de El Niño.

-No. ¡No me entendés! Seguro que a vos alguna vez habrían estado a punto de boletearte, fuiste preso, tuviste dolores en una muela, o se te murió tu viejo. Entonces, vos, por eso, te pensás que sabés. Pero vos no sabés. Vos no sabés.

Los Pichiciegos. Rodolfo Fogwill. 


Éramos hijos de los pescadores a los que el mar tenía cautivos,
enganchados al vacío, a la derrota y a la mesa de apuestas…

No había tiempo de oponernos a la forma en que la historia
auguraba hiel y ruido, sobre el pecho, en la cabeza;
con un tiro de inocencia proveniente de la sombra,
para que viera el elenco que las cosas solo cambian
si se apuran con el fuego de las balas.

Nosotros no teníamos corona de espinas
que oponer al juicio ajeno ni legado ni ficción
ni devociones más allá de la pelota
que en el gol buscaba el grito de la fuga...
no teníamos disculpa por lo que éramos entonces
ni revancha contra nadie por lo que sería de nosotros.

Andábamos abajo el camino de las vías
y seguíamos andando cuando el cielo se cerraba
y llovía sobre el gris universal de un barrio pobre.  

Era parte de la fiesta colocarse con perico
y esconderse tras la lata en la que ardía una piedra;
aviación y aterrizaje, para adentro…
era simple y divertido. En las calles de Zapopan
siempre hubo un altercado, alguna oferta;
una visión perturbadora.

Encontrábamos la forma de llegar y de volver al fin del mundo
sin perder de vista el culo de quien fuera la mujer que iba pasando.
Era el tiempo del atraco a los camiones,
ir al bosque, a los balnearios,
descubrir que la aventura es un pulso con la vida
en el que apuestas tu pureza.

Algo allá era un paseo a través de los pasillos del olvido.
Soy un superviviente de la esperanza; esperaba por un beso
que me lleve al fondo del espejo, donde el cuerpo de la luna se desnuda.

Nos hicimos con la ley que nos dejaron
los que ya no volverían; abordar las carreteras
y dejar que los destinos se sumaran a las noches en el parque,
merodeando aquel planeta imaginario que pudiéramos poblar
sino fuera por la mierda de hachís que conectamos.

Bailaría todavía con la música de fondo
que sonaba en la cochera de aquel loco...
dormiría sobre el pasto, tantas veces como entonces,
si a las seis de la mañana regresara aquel olor a restos
de alegría y ebriedad y huevos fritos.

Durante el noventa y ocho, al cumplir los dieciséis,
estaba a punto de quebrarme. Había llegado hasta el conteo
de minutos, dentro de una sucursal del tiempo, y el reloj iba en reversa
y las horas se alargaban hasta el punto de ignición que me había arrojado a mí.
Uno de ellos me tomó por los tobillos y me echó de la guarida presumida
que suele hacerse del pasado. Trajo un thermo con cerveza  
y una lata de aerosol. Me llevó al bulevar más concurrido
y me retó a escribir mi nombre en la pared que más en claro
daba al ojo de la gente. Su intuición fue de que yo
jamás había sido nadie; desde entonces soy el que ha querido
ser como él…

Volví en busca de canciones, me encerré en mi habitación
abierto a letras que cantaban sobre el hilo que conecta
el corazón con parte de la muerte. Me fundí en un abrazo
en soledad
aquellas tardes que sabía agotadas
en el uso de una luz atronadora que se había quedado atrás.

Creo que la épica produjo en mí
un hueco hondo que llega al centro del mar lejos
por el que olean las olas del recuerdo.
Mis amigos, camaradas, mis carnales.
Éramos los hijos de los pescadores
y ahora no me busco en lo que pudiera ser;
una vez yo era El Niño
y eso es más de lo que nunca imaginé.

Omar Alej. 

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