lunes, 23 de abril de 2018

Estatuas de sal ( So What )

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!
Hice retroceder la muralla de sombra,
anduve más allá del deseo y del acto.

La canción desesperada. Pablo Neruda. 


La lluvia se alargaba desde sus charcos y goteras,
para llegar, antes que al cielo, a nuestros ojos.
Nos traía la frecuencia de lo lejos,
la ilusión que algunas nubes
nos regalan y retienen como parte
de un secreto inconfesable.

Más humanas son las luces
cuando mienten por qué ven que la verdad
es ese día que no ocurre
entre los días que vendrán, para quedarse.

La soledad de hoy es un libro
que escribimos
buscando al que sería el mejor de los finales.

Estábamos saliendo de la histeria…
provenientes de extravíos por separado;
pero hicimos una paz como de espuma,
para cubrir la misma trama que caía por duplicado
a partir de una moneda.

Creo que al mirarnos encontramos un testigo
que también se olvidaría de los desiertos
en los que vimos convertirse el puerto
de la libertad. Por primera vez reconocimos
cuantas veces la ficción nos había llevado a cabo
sin la ley de gravedad;
pero al irnos no corrimos a abrazarnos
ni sentimos el alivio del que viene o el que va.
Por las vías del espacio y el vacío nos juntamos  
más allá del escenario en un solar desconstruido.

De haber estado ahí
hubieras advertido a dos cobardes  
que, cansados de su huida,  
habían derivado en un encuentro sin tesón,
para asociarse en un robo sin pasión de lo perdido.
En cada esquina del exilio pasa algo parecido a los hostales
que en el cine se convierten en un nuevo punto de partida
justo en medio de la nada.

Le ofrecí el inicio del último renglón  
que quedaba de fondo en mi libreta de cuero,  
en respuesta me encendió un cigarrillo,
sin nostalgia por la chispa de sus labios,
y pasó que en aquel humo volví a ver
la ilusoria cantidad de trenes viejos
que ya jamás acabarían de traerme.

Cuando vuelcas
porque crees que tu destino estaba antes de llegar
y terminas a los pies de los gigantes,
lo más triste son los juegos
que te obligan a jugar.
Al correr por la pendiente
te imaginas que al llegar despertaras;
pero cogen tu enanismo y te regresan.
Vas de nuevo en el comienzo
y te preguntas si eres tú o es alguien más
el que resiste…

Tengo poco. En realidad.
Sin hacer caso de eso,
y a sabiendas de que al viento
igual le da que seas un  ave
o una espora.   
Me adentré en el disfraz que usaba el ruido
y tarareé cerca de ella una trompeta
que era un bucle de So What.

Por sus ojos pasó un cuento
que ya jamás realizaría la función
de revertir el desengaño.
Se podía ver muriendo en el mar
la flora de la isla que antes fuera
la conquista en un naufragio.  

Ambos éramos un hecho
que al concepto se le escapa. Habíamos
perdido la fuerza
y acariciábamos la piel de las llamas
como quien pide perdón
asumiendo su inocencia.

Seguimos por un rato,
sin mayor afectación, mirando el cielo
que cambiaba del morado
al resplandor sin advertir…  
tal vez fuera ahí que adivinó
que yo volvía a sentir ganas
de creer en su llegada y en la mía;
pero estaba convencida de que aparte de las dudas
no había forma de que fuéramos nosotros.

Más que un tímido ejercicio de silencios,
más que un tibio despliegue de espejos,
llegamos al punto de encuentro
de los que se hicieron de sal.
Estatuas de sal.

Omar Alej. 


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