viernes, 13 de abril de 2018

El hijo de la vendedora de libros.

Y comprendió que pronto iba a esfumarse en la nada
el bar en donde él había construido veinte años atrás,
su hogar nómade. 

La tristeza. Enrique Symns


Dicen que el camino se anda
aun sin ganas de andar,
están sentados a un lado de mí
como si siempre hubieran estado;
son dos hombres robustos
que beben cervezas robustas
de manera sencilla.

No parecen conformes,
lo que hablan resuena
como una condena
de la que apenas se libran
lo que duran tres tragos.

Yo no quiero ni verlos,
me quedo mirando una fotografía
que parece tomada en los años noventa.
Me espanta pensar que sus caras
serán otra cara
que me recuerda a la mía,
como si fuera un incendio
que no duró lo bastante…

Ya no hay fuego en mis ojos
ni hay voluntad en mis gestos;
mi hermana me ha dicho
que ahora vivo detrás del telón
que al final nunca abrí.
Ella sabe de eso
y aunque es muy hermosa
más de una vez ha tenido que ir
como si ella fuera nada.

Pido otro gin
y las palabras que vuelan
me embriagan más que el alcohol.
Había decidido negar cualquier sentimiento
de pena;
pero está pena es real
y ahora lo peor es saber
que solo soy un mísero punto entre tanto
dolor.

Las bondades de algunos,
su primitiva fauna interior,
muchas veces los marcan
y ya no encuentran lugar.
Los que no saben de ellos
los llaman solitarios.

Dicen que el camino se anda
aun sin ganas de andar,
para cuando vuelvo a escucharlos
estoy de regreso a la senda
que nunca se termina;
por la que creí que me podía escapar.

Omar Alej. 

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