martes, 17 de abril de 2018

Disculpa, para una desconocida.

-Solo me verán en el aire –dice Luder-. He puesto tanto empeño en construir el pedestal que ya no me quedaron fuerzas para levantar la estatua.

Dichos de Luder. Julio Ramón Ribeyro. 


La vi caminando en dirección de los perros salvajes
aun con montaña en sus huellas,
la luna mordía como si también fuera arena.
Algo lograba escaparse por las ventanas cerradas,
era un ruido de moscas
ya que a veces las alas no son lo que uno cree que serían.

¿Estaba volviendo de un denso fractal
o empezaba a rozar el origen de las olas?

Como yo no tenía consuelo que darle
me crucé a la otra acera y me cerré la chaqueta
pensando en el frío que la estaba envolviendo
con brisa que no se distingue del papel aluminio.

Me hubiera gustado romper sus sentidos,
ya sabes, chocar hombro a hombro;
pero hay algo que apuro
cuando los coyotes amenazan el canto del gallo.
Se me seca la boca y lo que trago es la vida
( con el tiempo se vuelve el nombre
de lo que no sabemos nombrar, la vida ).

Vestía con estrellas llamándola a seguir
por un pasillo del que no iba a salir…
con las manecillas que dan los segundos
encajadas entre sus dientes,
su sonreír se alargaba
hasta el punto primero en el que un juguetero
empieza a bordar una marioneta.

A mí me dolía lo profunda que parecía la canción
que ya nadie se esforzaría en escribirle;
estaba siendo otro idiota sedado con niebla
de la compasión que algunos creen su virtud.

Había algo insólito en ver la belleza desnuda
y lo mejor que pude darle fue miedo;
no hacer una broma de su vestido de encaje.

Lo siento, hermana,
vengo de la cuesta hacia arriba
y el sol me tuvo algún tiempo
parado sobre su corona de alambre.
Mi fortuna no te serviría
ni para tirar una moneda al aire.

Estoy intentando guardar un suspiro,
sé que a ti te elevaría;
pero debo devolverlo al otoño
que es de donde tú y yo venimos,
como esas hojas que crujen
bajo las patas del ganado.

Omar Alej. 


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