martes, 20 de marzo de 2018

Lo que queda de fondo cuando la lente enfoca.

Ya no. No me interesa más. Hago memoria por mí
mismo y el esfuerzo me produce el mismo placentero dolor de aquel que vuelve a
ejercitar sus músculos después de mucho tiempo.

La velocidad de las cosas. Rodrigo Fresán. 


Desde que escuché la explicación sobre el socialismo
que hace Antonio Escohotado
me es inevitable asumir que veces nos toca
usar un suéter que no es nuestra talla,
que no ha sido heredado por ningún familiar,
que no hemos comprado nosotros
y que, como las cosas que no admiten opciones,
nos parece un castigo.

A veces las alegrías por si solas no pueden.
a veces solo tenemos el nombre de las pastillas
que tomábamos para la tos cuando éramos niños.

También resultan inevitables las veces
en las que a cambio de todo -realmente todo,  
no queda nada -realmente nada.
Y ya ni siquiera necesito decir que estas frases destilan
un inmerecido homenaje a lo que en su momento
se me cayó de la boca porque no sabía del bien
que a veces nos trae el daño.

Mientras que estoy descansando
y me pregunto qué hago
viendo videos de la ciudad de Baltimore,
vuelvo a sentir el calor sofocante
de entre las doce y las tres de la tarde;
allá en Ciudad Obregón.

Me recuerdo en mi madre,
yo la quería todo el tiempo;
pero no bastaba con eso,
para ignorar que el material
que nos unía al futuro
era una cosa muy frágil
que podía ya estar rota.

Me recuerdo en lo que fue desde entonces
mi peregrina visión;
en la manera en que el polvo,
sobre aquel vaporoso color amarillo,
me hacían sentir en el fondo
de una película vieja sin el menor movimiento.

Esa sensación me pica ahora
igual que me picaban las mordeduras del pasto
por haberme tumbado a dejarme comer
por la tierra.  

Me rasco los brazos, el cuello y la cara,
ahora pasan en la pantalla los muelles de Maryland,  
siempre que veo la imagen grabada de un puerto
pienso que uno aprende a vivir
sabiendo que ser feliz no te traerá la felicidad;
pero también que no duran demasiado las cosas
con las que uno ha aprendido a vivir.

Que el pasado ha pasado
suele ser un hecho incontestable,
incluso un preámbulo  
y bien dicho pudiera parecer amenaza.
Está noche es distinto,
el pasado ha pasado y ha dejado su forma;
se siente -ahora acostado, mucho más ágil que yo.
Por no estirarme a coger el cenicero
es que no fumo mientras intento comprender al cronista
que habla de crímenes, drogas y policías,
en un inglés parecido al de un predicador presbiteriano.

No puedo evitar que sea dolorosa la ausencia
que tuve entonces de calma,
de aquellas dudas vino la respuesta: una puerta no es suficiente.

Ese calor, esa sed, ese maldito color,
es lo que queda de fondo cuando la lente enfoca.

Que aquellos meses, con esas calles,
con esas casas de frentes cortos como cara largas,
estén por acá y que no pueda decir
que es simplemente un recuerdo;
es porque aquel niño que era
es como el necio que quiso
hablar de peces en el desierto
y tuvo como respuesta la arena.

Omar Alej. 

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