miércoles, 21 de febrero de 2018

Poesía soy yo.

Iba sola y no temía;
con hambre y sed no lloraba;
desde que lo vi cruzar,
mi Dios me vistió de llagas.

El encuentro. Gabriela Mistral. 


A la poesía la encontré
mucho más allá de los focos.
Yo iba persiguiendo el sonido
de una avioneta
que había escuchado entre sueños
( tal vez no fuera más
que el ruido en diciembre ).

La poesía brillaba;
pero cualquiera hubiera dicho
-por la reacción de las gentes-
que hacía mucho tiempo que estaba lista,
para fundirse y ser una estrella
de esas que uno ve
cuando en realidad ya no están. 

No sé si estaba asustado,
no sé si tomé aquel momento
como una aventura,
no sé si mi cara ante ella
siguiera siendo mi cara,
no sé por cual puerta salí
y no sé si la puerta estaba ahí
cuando por fin llegué a la salida.

Me gustaron sus cuerpos,
eso es fácil de decir
ya que tiene los cuerpos hermosos;
los cuerpos del viento
y los cuerpos del fuego,
unidos, formando,
el cuerpo de un hombre
y de una mujer
a través de las playas.

Había un grupúsculo negro,
con integrantes marchitos
que se oponían con vehemencia
a que la poesía les hablara.
Ellos decían
lo que querían que dijera,
la enmudecida poesía,
y aunque lograron armar
una armadura preciosa,
la fragilidad de un recuerdo
no se podía sostener
bajo aquel peso pesado.

Cuando más burdo era el show,
de la sensibilidad de aquellos insensibles,
de la poesía brotaron,
como si fueran abejas,
cien mil millones de cebras
que iban llevando letreros
en cada línea blanca
y en cada línea negra.
No se podía entender qué decían;
pero por cada mensaje estallaba
en mil partes, lo que ayer había sido
tan solo un momento.

La poesía me llegó
como si buscara olvidar
que era también un regreso.
Yo estaba encantado
bajo su encantamiento
y vi que las ramos de un árbol
eran mucho más
que las ramas de un árbol;
pero además pude ver
que las ramas del árbol
sabían que no solo eran
las ramas del árbol…

Todavía se parece
a lo que vemos en sueños,
algo que no cabe
en lo que es la verdad.
Todavía me lastima  
que al encontrarla estuviera
con tantísimo frío;
que no hubiera
-para algo tan bello-
unos señores guardianes,
mejor conservados que aquellos
que te impedían acercarte
sin cuidarla en absoluto.

A la poesía la encontré
y me marqué sus heridas
como si fueran las mías.
Yo estaba andando detrás
del que quisiera llevarme,
no tenía mucho de mí
y era un poquito de todos.
Fue porque estaba perdido
que a la poesía la encontré  
y estaba como yo
y estaba como tantos.

Omar Alej. 

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