jueves, 15 de febrero de 2018

Confieso que creo en el amor verdadero.

No había más que verla, allí, sentada en el camión, con el hombre a su lado, y el niño que no había dejado de mamar, que, durante casi dos millas, no había dejado de desayunar, como si fuese en el tren, en un vagón-restaurante, y ella dedicada a mirar a todos lados, a ver pasar los postes telegráficos y los cercados como si viese un desfile de circo.

Luz de Agosto. William Faulkner. 


Ambos hijos del circo
de las banalidades;
si una moneda gira en el aire
le disparamos,
para mayor precisión.

La idea romántica del amor
ha quedado de trasto,
donde lavarnos las manos
después de volver del trabajo.

Apenas tenemos motivos
para sostener la mirada  
y ya estamos abriendo
otro par de cervezas;
espero cuando la luz
de un foco ahorrador
irrumpe el pasillo
y realza el fondo de río  
que hay en su vestido.

París será después
ni en esta ciudad
caben más turistas...

En defensa de la austeridad
hicimos la vista mejor
con quemaduras de cigarrillos.
Jugamos al basta
con la lista de deudas.
Más de una vez hemos querido colgarnos;
pero es que nos gusta  
saber que aquí estamos
si alguien toca la puerta y no abrimos
(qué cerquita nuestro
nos ha ido quedando desaparecer).

Besos que me da,
besos que le niego;
sombras de pared
con las que recrea
mi fusilamiento.
Me caigo de risa,
ruedo al suelo,
me pide que vuelva a la cama
y que imite el ruido
de una cafetera.

Tradicionalmente pobres;
follando en lugar
de salir a buscar un tesoro.
Sin que a nadie afecte,
hemos derrumbado
-juntos- cada puente
y ya no hay destino
que no esté aquí adentro.

Mi nombre en su voz
remarca la hora
en la que escapé.
Ni ella ni yo
creemos ser buenos
o tener algún don;
la cura –sabemos,
es menos importante
que seguir respirando el olor a gas
cuando este se acaba.

Creo que ella seguirá
aquí conmigo
y ella cree que sí:

No necesitamos creer
en ninguna de las otras cosas del amor.

Omar Alej.  

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