jueves, 4 de enero de 2018

¡Qué viva la mentira!


Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un vaho de musk.

Muchacha punk. Rodolfo Fogwill. 

Salud por el mal vino,
la cerveza, el ron, el whisky,
la ginebra y el tequila.
Salud por los borrachos solitarios
que lograron reducir a un solo paso
sus maniobras.

Mi corazón a quien cocina
la locura de espagueti
mientras que recuerda
la fotografía de un grillo verde.

Continúen -por favor,
con la ley de las palabras,
los viejitos parlanchines;
sus historias de batallas
y de campos que sembraron,
para ver al sol hacerse
uno solo con el riego.

Que se asocie al bienestar
el milagro del pescado zarandeado
y el cóctel de camarones.

Larga vida a los amores posesivos,
mi papucho, mi chatiña.
Por pedir, pídeme tuyo
y ya veremos.   

Jugaremos a hacer teatro,
a escribir texto sonoros
sin el fondo musical de la tragedia.
Subiremos en la silla
y cantaremos la canción
de los amigos que volvieron
a contarnos que la muerte
duele menos cuando es propia.

Venceremos mientras pasen en tv
a los Soprano
y llegados al momento,
de enfrentarnos al destino,
no sabremos qué hora es
porque estaremos promoviendo
hacer siesta y la ternura
en el nado de muertito.

Tómame del brazo.
Mírame a los ojos.
Háblame en susurros.
Cuéntame qué sueñas.
Has nudos en mi lengua con tus lenguas.
Píntame las uñas.
Ponme maquillaje.
Tócame la cara
con todas tus manos.

Como en películas
con risas enlatadas;
todo eso que se dice
que es mentira,
continúe en su pureza desertora.
Sin saber de la verdad.

Omar Alej. 

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