martes, 30 de enero de 2018

Mi Ídolo.

Si tuviésemos la fuerza suficiente
para apretar como es debido un trozo de madera,
sólo nos quedaría entre las manos
un poco de tierra. 

Esto no es nada. Ángel González. 


Aquellos eran días
por los que había que pagar
con los ojos de después.
Mil agujas amenazaban tu mirada
y la que nunca se podía adivinar
se clavaba en tu retina.

Mi ídolo tenía el pelo largo,
ropas rotas, dos pendientes,  
tres tatuajes,
un mechero en color oro,
cicatrices y los dientes por afuera;
todo eran propias formas
en un mundo que creía unificado.

Yo tenía la ilusión impresionable
y después de que me hiciera su aprendiz
no pensaba en nada más que dedicarme
en cada esfuerzo
a llegar a ser grande de la misma manera,
sin tener nada en claro,
en cada calle pisando con un paso irrepetible;
se le podía ver por fuera una marea de ternura
que llevaba por adentro.

No sé bien qué es lo que hacía,
para que aquello pasara;
pero hablaba y su voz
quedaba encima de los otros
ignorando la inminencia.

Tenían un pacto con la luna
del que nadie sabía nada;
yo he pactado años después
con ciertas cosas
y no hay nadie que lo sepa.

A veces salíamos a caminar,
llegábamos hasta donde terminaban las vías de los trenes.
Nos metíamos bajo un tejado a ver
sin luz nuestras heridas  
y pasábamos la tarde
compartiendo cigarrillos
y cervezas.
Se sentía como tener un hermano mayor,
descuidado.
Cuando yo me tardaba él era el que me estaba esperando;
pero él hubiera odiado escucharme decir eso.

Nadie sabe muy bien cuanto lamenta una ausencia.
La realidad se aligera y si quieres seguir
ya no puedes llevar el peso de los sueños.
Pudiera parecer pesimismo;
pero me ha dado esperanza haberlo escuchado de él.

Con la nariz partiendo una linea 
que partía un espejo,
emergía como un barco
que hubiera pasado el invierno hundido.
No es posible, para todos,
continuar cuando el final nos alcanzó.
Mi ídolo tenía solamente su puño en la mano;
no está mal y no es tan poco.

Omar Alej. 

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