jueves, 18 de enero de 2018

Me perdí de la memoria.

La escena quedó estática, detenida en el tiempo. Nadie hizo el menor movimiento. Hubo un trueno, y el Crucificado inclinó la cabeza muerto.

El Crucificado. Mario Levrero. 


Me perdí de la memoria
que creía radiación y acabó en pirotecnia
fallida.

He olvidado lo que yo mismo decía
de mis sensores lacrimales
y justo ahora suena una canción
en un tambor
que es mejor adivinar y equivocar.

Busco en versos,
todavía sin escribirse,
de algún hombre del mañana al que le pagan
con horas de televisión: una nueva propulsión,
para subir aquí y ahora.

Ya sin recordar reviviré
que cada historia
se termina en el inicio
y solamente es una historia hasta el final.

Nunca más hablar de amores.
Nunca más lo que perdí, lo que encontré…

Ya no estoy bajo los techos de una noche;
media luna a medias hizo el plagio al mar de las mareas
y las marcas de una garra en el abdomen.

Rompí con los recuerdos,
los dulces, los amargos
y hasta con aquellos que servían de soporte
a la tarea de pasar de la rutina a la obsesión.

Ya no sé qué era una casa
y contemplo cada rostro que me observa
tras el gesto de haber hecho
barricadas en común.
Me podrían conocer y podrían además
tomarme en cuenta, para bien o para mal;
pero aquello que eso era lo he olvidado
y aunque todo se volvió nuevo y brillante,
lo que hubiera sido antes   
eso no lo aprenderé.

Ahora voy a mirar mis manos
sin ninguna sospecha.
Espero que te baste con viento,
para emprender una huida
y me pongas en una telaraña
por primera vez.

Ninguna fuente de habilidad
cargo conmigo.
A continuación, solo esa sombra partida
en la calle por la luz del sol.

Omar Alej. 

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