viernes, 19 de enero de 2018

Bill Murray, el invasor.


“A veces, optar entre un entorno seguro que te abriga y te espera, y elegir la libertad desesperada de inventarse cada día es una decisión dramática”

Partir es morir un poco/Paracaídas y Vueltas. Andrés Calamaro. 


Litros y litros de cerveza,
se los tomaban por la noche
y los orinaban de mañana
con las caras como si en el sueño
también hubieran estado bebiendo;
no resultaba dócil
dejarse seducir por tales invasores.

Yo era un chico frágil
sin pasiones por mis armas,
algo torpe y muy cobarde.

Me gustaba disfrutar del chico malo
y del revés que solía hacerle
a cualquier bondad ajena;
eso era, para mí,
lo que me haría la belleza
que por vicio me gustaba.

Sin embargo me indigné
por lo tanto que tarde en aceptarlo,
el enemigo contra el que luchábamos,
en la trinchera –y era un cruel enemigo,
no era otro más que el mismo que nos mandó a luchar
en el nombre de su puta libertad.

Justo en medio de la guerra,
recién había descubierto que yo era
una rosa del desierto
y me tocó aplazar mis flores:

Mientras que las fuerzas batallan
las delicadezas sobreviven.

Conociéndome estaría esperando
-ilusionado, a ser poseído
por algún hombre callado,
de esos que parecen haber vuelto del destino
aún con tabaco en los bolsillos.

Ya con todos los cines cerrados
y las bellas actrices,
roídas, en sucios refugios,
la película de guerra más pobre,
entre la historia
de las películas de guerra,
es un mérito de alguien más
y no se llama patria.

De mis días de soldado
tan solo me quedó mi calabozo.
Tengo quince minutos de sol al día
y una oscuridad que no hace noche.
El gordo que vigila me llama traidor
y todo porque no logré
que me quedara su uniforme
o me dejara de gustar el extranjero.

Omar Alej. 

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