martes, 5 de diciembre de 2017

Empezar a llamar pan al vino.


Desde siempre, nunca he deseado otra cosa que ser un gran escritor y la gloria inmortal, pero ya se ve y se entiende a lo que han quedado reducidas las ilusiones.

Los diarios de Emilio Renzi. Un día en la vida. Ricardo Piglia. 


A partir de ayer
la gente a la que conozco
no me reconoce.
He cambiado de fuentes,
para saber lo que sé…

Como era un idiota,
un niño idiota con mocos
y me gustaba escribir,
inventar historias
y mentir de cualquier manera,
me llevaron a ver
la crucifixión de Jesús.

Aquel día fue precioso;
el sol arriba,
en su justo lugar.
El viento corriendo,
sin más competencia
que volver a llegar
desde donde venía…
no sé qué decir del camino,
nunca supe muy bien
donde empieza ni dónde termina;
pero al menos las calles
se poblaron de puestos
con venta de telas, sombreros
y jarros. De una multitud
que se agrupaba
en muchas decenas de gentes.

Íbamos a ver a un hombre
al que clavarían en la cruz,
pasaría frente a nosotros
y disfrutaríamos de verlo doblarse
por el peso de su condena.
Además, decían,
iba a llevar una corona de espinas
y un azotador que le azotara la espalda
a cada paso que diera encarnando la sed
más amarga.

A mí me dijeron que guardara el recuerdo
que escribiera sobre eso
y que en lo posible
lo volviera memoria  
de las cosas que somos
y de ciertas cosas que hacemos
con lo que nunca seremos.

Tal vez me dio pena
el sufrimiento y heridas,
en lo que se iba convirtiendo…
me impresionó que el silencio
y el ruido
estuvieran hechos con lo mismo.

Le dieron muerte
y la fiesta se convirtió
en un gran caldo
de efervescencias.
Estaba el sueño pasando.
Se había logrado la muerte de dios  
y yo me imaginaba escribiendo al respecto;
pero resucitó
y con los truenos de su voz de fantasma
nadie pensó que aquello fuera un milagro.
Era la resurrección de la muerte
y cuando todos salieron huyendo
mi pueblo quedó abandonado.

He conseguido
no querer resolver el misterio
de aquella sangre brotando
y convertirse en promesas.
Hoy han declarado que el hombre  
ha superpoblado hasta el mar  
y a partir de ayer
la gente a la que conozco
no me reconoce.
Yo estoy por servir dos copas
y empezar a llamar pan al vino.

Omar Alej. 

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