martes, 14 de noviembre de 2017

El singular espectáculo.

Allí, preso en la torre,
Pasaban muchas cosas,
Y curioseaba unos papeles antiguos.

La fe. Mariano Peyrou.  


La Niña lo miro sentarse de costado
y entonces le pareció una especie
de agua dulce con tentáculos
que rodeaba aquel hombre de metal
llamado estatua.

El singular espectáculo
carecía de simple vista y ambición a la vez.
Su tema preferido era el silencio.
Un aro triangular salía de un cuadro.
Tenía anclas por tatuajes
y bostezaba premeditadamente.
Nunca nada fue del todo cierto;
pero La Niña era la única invisibilidad
que lo miraba.

Asustado por la vista
que no podía encontrar
en ninguno de los espectadores,
que sentía le limaba asperezas
y le daba un ángulo a colores,
desenvolvió sus manos
como si fueran contenidas
en un sobre
y las probó como si fueran
leche agria en tubo de ensayo.

En cada parpadeo presentía ser llamado
y La Niña lo llamaba.
En el lago del espacio
que abordaban sin la vana sensación
de comprenderse,
le pedía que cantara,
que silbara, que exhalara,
que mirara ese botón que le colgaba de la manga,
que moviera las dos cejas,
que apretara sus cordones
y desatara ese camino allanado
por la espera y por ningún lugar posible.

Era extraño que él oliera
a ese perfume de la infancia
porque en realidad no olía a nada.
No había esencia más allá
de que parecía estar a punto
de echarse a volar
con la misma vulgaridad de una paloma.

La Niña me contó que lo estimó
hasta la violencia,
que siguió con la tortura
de mirarlo sin que él pudiera verla
¿Alguno de ustedes ha escuchado
a una niña de ocho años
predecir a su destino?

Es como acudir a un aquelarre
y ser el único ahí desnudo.

Omar Alej. 

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