jueves, 21 de septiembre de 2017

Sospecho estar vivo y algo sobre el alma.

Al final comprendí
que no tenía ningún don
para los Asuntos Espirituales.

Dejando Mount Baldy. Leonard Cohen. 


La pequeña tristeza
borda burlonamente los muros
de un laberinto ilusorio.
Es la ilegitima hija
de lo que mantiene en pie
con la ayuda de todos los hombros;
de todos nosotros,
los que cantamos a Elvis
cuando empieza a llover
sobre la plancha de hielo…
en donde quiera que estés.

Está en el leve relieve
que figura el reposo de un insecto
sobre las hojas de sábila
y matorral venenoso.

Está en las manías de después,
que oculta en un pentagrama
una preciosa morena.
Llama desde los bancos aislados
que, cuando están oxidados, regresan a la tarde
donde se conocieron,
Cristo Jesús y María Magdalena:

Terratenientes de Ítaca
y en un descuido Kavafis...

La pequeña tristeza,
después de mirar el reflejo de un tubo en el vidrio,
luce más fuerte que la alegría hipnotizante
que sigue hacia arriba, de peldaño en peldaño,
hasta mirar, para abajo, lo que nos queda de vida.
Aquí en el mundo mundial.

Es otro acto sutil
con el que los habitantes de las cavernas
reclaman sus cuerpos,
para desenterrarlos y luego volver
a los nidos de piedra. Donde las estrellas
calumnian…

Con tinta negra manché la suma de todo el espacio
que atravesé sin saber que llegaría a quedarme,
petrificado y rodeado por un abismo de gentes.

Sé que quisiera quedarme,
ahí, entre los visos de las pasiones ajenas
y sé que de haberme quedado
me hubiera vuelto loco de celos
por no ser yo quien moría.

Más la pequeña tristeza
hace invisibles las huellas
con las que una mirada
ha dado vida a un tazón,
a una copa, a un cuchillo,
al rojo marco de una pintura
y a los viejos calendarios
que en la distancia se arropan
entre las llamas del fuego extranjero.

No estoy narrando que ayer
estaba muerto de pena.
Uno no debe morirse
cuando todavía no se muere.
De la pequeña tristeza
sacó mi dosis de fe en el alma.
Omar Alej. 

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