martes, 5 de septiembre de 2017

La noche más larga que recuerdo.

¡Atención! Esta noche es un hito
en mi vida. Después de esta noche,
 ¿cómo podré volver a mi
vida anterior?

Para siempre. Raymond Carver. 


La noche más larga que recuerdo
la pasé tosiendo y contarlo,  
en realidad, no parece madera,
para una crónica intensa
en las que lo que me gusta
es pasarme al bando de los sobrevivientes.

Sin embargo me he puesto a pensar en ello
como acto de reduccionismo,
ahora que las noches son breves,
que la lluvia se levanta
y yo duermo en mi casa
con mi mujer a mi lado,
creo en el tiempo que me queda.

La habitación era de Toni,
la hermana menor de un amigo de entonces
llamado Leobardo;
había dos camas.
En una la chica, su hermana
y en la otra nosotros,
Leobardo y yo.

Ni siquiera hoy
me parece excesiva la familiaridad;
pero el drama sucede
cuando recuerdo que en el cuarto contiguo
estaban los padres
y solamente una tela hacía de pared
partiendo en dos el mismo espacio.

Nosotros llegamos del parque,
pasadas las dos de la mañana.
Habíamos jugado futbol,
pensado en el modo de vivir en la luna
y bebido cerveza.

No fue en nada distinta
a la rutina de un viernes de noche
y aunque era común
que yo no tuviera donde quedarme a dormir
podía confiar en que alguno
me ofreciera parte de su techo;
así es como fue.

Ya estábamos listo,
metidos bajo las cobijas,
uno de cada lado;
pero al lado del otro,
se sentía así.

Después empecé a cerrar los ojos
y me hubiera dormido
si no es por la picazón que empezó
en mi garganta, la que trajo la angustia
por las molestias que daba
a los que ya dormían.

Me rompía hacia adentro,
quería contener esa fuerza molesta
que surgía de mi con la forma un sonido seco.

Desde entonces vivo con el temor
de verme en la situación
de tener que reprimir lo que viene de mi
y no poder hacerlo
porque ya nada me importa
del mismo modo en el que me importaba
dejar de toser aquella noche
en la que mi garganta se hizo un desierto.

Omar Alej. 

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