miércoles, 20 de septiembre de 2017

El cumpleaños de La Enana.

Este amor que nada pide
y que nuestros tambaleantes nacimientos
consiguieron para nosotros-
Tú en tu generación,
yo en la mía.

A una joven monja. Leonard Cohen. 


Ayer fue el cumpleaños de La Enana
y me niego a recordarlo
de algún modo que no sea
con ella jugando a hacer televisión,
con dos papeles y una caja,
o a los golpes de los grandes luchadores
que había entonces y creíamos cercanos.

La verdad es que no semos
de pasar por los aros de la angustia,
solamente por saber lo que sabemos;
nunca es fácil. La alegría nunca es fácil. Lo sabemos.

Sí, tememos;
pero ya sabemos que ese miedo
ha estado ahí,
incluso antes que nosotros
y bien visto también sirve,
para hacer: sin actos de temeridad.

Entre tanto desconcierto,
malas horas, oscuridad en rezos  
y ficciones más reales que la ley que bajó el yugo
de una madre despechada,
está ella con sus dedos en mi oreja
y mi cabeza en su regazo.

Cuando dice que no tiene hermano grande
es muy cierto porque al ver
cuántas vidas encarnamos,
sin pensar en las fronteras infantiles,
queda el hecho de que hay ventanas en el tiempo
y dan al río de lo que viene adelante
a por nosotros.

Pero alta, como es,
lo ve al tuerto con sus ojos de Enana
y hay nivel de aguas profundas
sobre los efectos personales
que produce nuestra imagen reflejada en el espejo  
y que quedan de ir cumpliendo
con la máxima de ser el proveniente
de ese vínculo sagrado que forjamos
en distintos patios, solos, y azoteas.

Porque a veces el pasado
es la cinta que el futuro usa de soga,
para atarse, aquí y ahora, al presente.
No es cuestión de no sentir lo que sentimos
ni evasión al contenido
de las calles arrugadas…

Al contrario, sé que tengo
poco tiempo y que al cabo de la luna
ya mis fuerzas se harán parte de la arena.
Sin embargo
hasta el último suspiro sostendré
que el día de ayer
fue el cumpleaños de la Enana.

Omar Alej. 

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