martes, 26 de septiembre de 2017

Cuando no íbamos a clases.

Pero nosotros
en la pobreza, sin amor,
mantenemos alguna relación
con lo auténtico de la infelicidad
humana

El duro de oído. William Carlos Williams. 


Cuando no íbamos a clases,
porque era día de fiesta
o algún paro realizado
por el sindicato de maestros,
ciertos niños eran llevados
a casa de sus abuelos desde muy temprano
y allá estaban, imagino
que robándose monedas
de ese viejo monedero.

Había otros que quedaban,
poco antes de las nueve,
para irse de excursiones
y traerse alguna flor, algún insecto
algún conejo, de los cerros
que rodeaban la ciudad
y a los que se podía llegar
transbordando en autobuses
siempre llenos.

Yo me odiaba
y todavía ahora me odio
por seguir odiando algo que no soy;
pero entonces ese mismo sentimiento
era el centro de la tierra
y no inercia de los tiempos,
como ahora que es igual que amar
o estar con sólo mierda en la barriga.

En mi caso no había abuelos
y ninguna invitación, para hacer de explorador.
Me tocó quedarme en casa,
despertarme lo más tarde que pudiera
y jugar a ser Indiana Jones
con la cara bien hundida en la almohada.

No he tenido un espíritu imponente
y ya eso se notaba en la elección de compañeros,
para hacer o deshacer;
fui solo a mirar por la ventana
cómo muchas de las niñas de la escuela
salían a la calle de las manos de sus madres
y recuerdo que sentía enamorarme
de cualquiera de las dos:

Hijas y señoras parecían amazonas
por deformación de soledad
y por indebido desconocimiento
de la pena capital.

Horas antes de la tarde
mis hermanas se salían de la casa
e instaladas en la acera
esperaban por La Doña
que volvía del trabajo,
para darnos de comer.
Ese rato era todo un suceder
de pequeños heroísmos
en papel caricatura.

Ya nunca perdí el gusto
de quedarme sin más nadie
y poner música alta
intentando descifrar
si era suyo, del cantante,
el corazón que se rompía
sin remedio en las canciones.

Las melódicas palabras
que brotaban de un pequeño grabador,
dos estaciones (otoño e invierno),
me llevaban, con la velocidad del agua,
a través de decorados decadentes
y sumidos en el gris del puto polvo,
donde hombres y mujeres
no podían distinguirse entre ellos.

Inclusive desfilé
la falta de filo en una navaja
que corría alrededor de mi cuello.
Cuando mi primer desengaño amoroso
fue porque aquel no era el día
de El Día Que Me Quieras…

Por supuesto que el relato de los hechos
no era la historia del mundo
dónde Boogie el aceitoso o el Corto Maltes
reponían la ilusión de indiferencia
y podría ser que únicamente represente
la misma forma que aprendí
de ir mintiéndole al recuerdo.
Sin embargo forma parte
de la historia oficial
en la que todo siempre cambia
y cambia siempre.

Pretendo que aquellas calles,
domicilios, escondites y desagües,
seguirán ahí
como un testigo acostumbrado a engullir
los días del fracaso de los fracasados.

No aspiro ni siquiera a novelar
la insuficiencia de los primeros cigarrillos
e invenciones
que quemé entre dos tinacos blancos.

Cuando no íbamos a clases  
la versión del deterioro, ciertamente,
contenía, junto a mí,  
lo que nunca iba a poder asegurar que fui.
Porque estaba distraído
intentando hacer de los minutos
una nave sin destino que llegara
a todas partes;
como sé que corresponde
a los sueños que se sueñan cuando duermes
hasta tarde.



Omar Alej.


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