miércoles, 20 de septiembre de 2017

Con Amor, tu hijo Omar.

¿Me he perdido algo?
¿Me he olvidado del mosquito de ayer
o del hambriento fantasma de mañana?

El colapso del zen. Leonard Cohen. 


Hola, Ma.

Todo bien aquí en el frente, la misma ropa sucia y mojada y azul de hace once días. El mismo miedo, haciéndome de lámpara, en el medio de la oscuridad que centellea; pero tú no tengas pena, por favor no tengas pena. Te diría que combato desde aquí, para que estando allá se sientan libres. Sin embargo sé muy bien que no te crees los cuentos buenos que solo existen por negar la historia mala. Además, aquí, es un estado habitual vivir alerta y como siempre lo dijiste <<si se piensa, seriamente, ante el universo, todos estamos atrincherados>> eso es lo que rescato al sentarme, un instante, entre los heridos, sin llevar mayor herida que el día a día en el suspenso de saber, o no saber, si es inicio, o es final, éste cansancio.

Ojala tuviera algo que contarte, algo menos rutinario que la duermevela que se hace cada noche intentando adivinar… lo mejor es cuando alguno cae dormido y los demás hablamos bajo agradeciendo que ese, uno de nosotros, tenga cara de estarlo pasando increíble mientras sueña. Es un poco ese “consuelo de los tontos” del que hablaba el tío Rogelio; ahora me queda claro que pasó más tiempo de la cuenta acá, enterrado. Justo ahora me conmueve la risa nerviosa con la que solía reaccionar a las campanas de la iglesia y Ma, tú eres muy buena: a todos nos obligabas a ir a la misa de los domingos menos a él que recordaba…

De momento no soy capaz de decir que siento menos, que haya perdido sensibilidad; pero casi estoy seguro que el camino que un hombre transita, sea cual sea ese camino, nunca lleva de regreso a los juegos de cuando fuimos niños y sabíamos llorar por el dolor del otro. Es como si hubiera alguien manipulando la dimensión de las veredas que se transitan; perdona, Ma, si respecto a esto no hablo de Dios.

Tengo que despedirme, si me arranco a llorar recordando lo calentitos que estábamos alrededor de la mesa, los verdaderos heridos, van a decir que estoy –como siempre, alzando la voz en función de mi propio ánimo. En tu interior ya lo sabes que sigo pidiendo hacia el cielo con los dientes apretados, solamente que han cambiado mis anhelos. Lo que ahora me importa es que sepas que te quiero, que siempre te quise mucho y que quería hacerte sentir como la madre de un hijo valiente y con el corazón suficiente, para amar al resto de sus hermanos. Si no lo consigo no vayas a pensar que no hice hasta el último esfuerzo por conseguirlo; ahora ya sé que uno no siempre llega a los sitios que imaginaba conquistar. Ahora ya sé que se fracasa profundamente en la tarea de ser un hombre y que es muy sencillo perder el tiempo entre vanidades y resentimientos. En fin, Ma. Todo bien aquí en el frente; el mismo sinsentido en cada cosa que sucede porque sí y que aunque estemos prevenidos no se pueden evitar. Confío en que sepas que tus enseñanzas son más duras que mi pesimismo y que pongo en ésta carta toda mi esperanza de volverte a ver, pronto.
Con Amor, tu hijo Omar.  

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