miércoles, 6 de septiembre de 2017

Aún si estar lejos debilita.

A mí me gustaba leer sus poemas
A él le gustaba oír mi canción
Nunca nos interesó mucho
Quien tenía razón o no.

Irving y yo en el hospital. Leonard Cohen. 


Allá en Sonora,
en Obregón,
hay un morro de piel pálida
que rima realidad con esperanza;
es tan fuerte
como el mismo calor
que asola la ciudad
en que ahora vive.

Tomo de él
que se hizo grande;
pero rejuveneció ahora
que está cerca del río.

Narra la quietud
como un amigo narraría
una pelea que peleó 
encima de las tablas
de una barra encendida
por la que caminaban
maniquíes.

Lo conozco desde que llegó
minando mayo, el veinticuatro.
Recién nacido tenía la vida
como si no fuera pegársele a los huesos;
me hacía temer sobre su fragilidad,
acaso más consciente, desde entonces, de la mía.

Yo también estuve ahí,
cuando ahí estaba, en esa tierra.
Guardo juegos de béisbol que no gané,
besos de vecinas que venían
de ciudades imposibles, para mí, de pronunciar
y guardo algo, otra cosa,
que no sé si servirá llegado el día
de hacer cuentas y pagar por el legado.

No soy quien,
para escribir la carta magna
y decretar que sea cuidado
como a un rey lo cuidarían.
Sé por él
que aun cuando teme
piensa más en su valor
y en lo que le toca hacer con eso que sí tiene.
Sin llorar por lo que falta…

Allá en Sonora,
en Obregón,
hay un morro
al que en Camboya celebramos
porque dio lección de viento;  
es el típico bandido
que da rosas a quien no tiene nariz,
esperando que conserve en la mirada
la estructura del olor.  

Me hizo saber
que había leído mis palabras,
que estaba bien lo que mostraba
y que está bien lo que no oculto.

No podré jamás decirle
con cuanto amor lo echo de menos;
no es el trato que acordamos
y Él lo cumple:

Seguir fuertes
aún si estar lejos debilita.

Omar Alej. 

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