lunes, 17 de julio de 2017

Desocupado.

Mi nombre es alguien y cualquiera.
Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.

Jactancia de quietud. Jorge Luis Borges. 


Solo en casa, sin nada que hacer:

Por un breve instante fue extraño
no escuchar las alarmas
con su atragantada amenaza;
despertar y no tener cerca un reloj.
Asumirme un certamen de alevosías
que anima el capital ensueño de la pereza.

Después fue muy dulce,
he vuelto a sentir la brisa fresca
que me hace preferir ciertos tipos de tela,
para enroscarme al dormir de resaca imaginando que estoy
cerquita a la orilla de un río que sigue desde una cascada.

Desocupado;
durante un montón de años
no echaba de menos
el infinito de posibilidades
que hay en la mente
de un desocupado.

Normalmente, no tener trabajo,
me hubiera costado sentir en los huesos
la lenta erosión que a las rocas consume.
Sin embargo -al menos, el primer día
va siendo una pena
a la que nadie hace duelos ni despedidas.

Encamino a los platos sucios
que me recriminan desde el lava-lozas
y encuentro que hay un hueco,
para el vaso que estoy ensuciando con soda;
lleno una cuchara con cajeta
y de pronto es la parte mejor
de mi regresión a la infancia
con pijama y con calcetines…

Tengo un silencio por dentro
que es como si dios existiera y además me hablara.
Sé que es una idea ramplona y menor;
pero se hace más grande con el sonido de la televisión
reproduciendo en bucle los capítulos del Dr. House.

No sé las batallas de un conquistador
y en parte repruebo la sola riqueza como garante
más ahora es el cuento de mi monarquía;
me regocija dejar sonar el móvil sin moverme
y al salir no tener prisa
porque no voy a ninguna parte.

No podrá durar mucho,
en pocos días me vencerá el alquiler
y además querré volver a ese sitio
donde una copa de whisky
tiene el valor de una hazaña
zurcida en contra de la gravedad.

Omar Alej.

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