sábado, 1 de julio de 2017

Como Dios a Job.

“Al menos eso creía hasta un día, cuando tenía todo acabado y faltaba la confirmación de que había decidido bien, no hubo recompensa. No hubo zanahoria, Ahí me di cuenta de que ya estaba caminando, lejos de mi voluntad, por la otra senda.”

La conjura de los necios. John Kennedy Toole


Cada día leía El Libro de Job.
Por aquel entonces
eran mis inicios
en el grupo de oración
al que iba con mi madre;
mi atribulada niñez,
después de la escuela,  
se sentaba a mirarlo escupir
las cascaras de las semillas de girasol,
con respetuosa distancia.

Es difícil saberlo;
pero en el recuerdo
no me parece
que estuviera orgulloso
de nada de lo que hacía:
no era como ahora
que huelen las cosas
a superstición.  

Lo merodeaba como si fuera un animal
tímido de acercarme
y me llamó a caminar con él
por las calles del barrio;
esa fue la primera vez que escuché
la palabra cirrosis
y pensé que trataba de una lengua muerta:

Antes tampoco
había visto vomitar a nadie
que se limpiara la boca
y siguiera la historia
de lo que estaba contando
sobre un concurso de cuentos
que nunca había ganado…

Pasamos por “Ciclo”
que era un almacén
y en donde vivía un matrimonio de actores;
supongo que sentían que eran mejores a nosotros
porque nos miraron sin ocultar su desprecio
y como si la vida se tratara de ellos.

<<Intenta no estar tan enojado
o perderás las sorpresas>>
fue todo lo que dijo al respecto y siguió caminando
hasta llegar al descanso de una sola banca vacía.

Allá estuvimos sentados,
sobre un grandísimo copo de nieve
desde el que veía los ojos del sol
sin poder derretirme…
lo que ahora parecen dos horas
entonces eran seis minutos.
Y cuando venían las palomas él cerraba los ojos;
jugamos a adivinar cuando volarían.

Estaba lleno de si
en un mundo poblado
por verdugos y cretinos.

Nuestro barrio era de esos
que parecen haber sido olvidados.
Sobre la esquina, Bob Jagger,  
el músico callejero,
cantaba canciones de gafas de sol
e impermeables contra los faroles
de la trascendencia;
todavía oía los aplausos
que soñó que tendría en Nueva York.

Mi acompañante indiscreto
descruzó la pierna, besó una moneda
y la arrojó en el estuche de la guitarra,
fue algo muy lindo de ver;
pero fue más verlo partir en dos el pan
que le entregó una gitana a cambio de un beso en la mano.

Dimos dos vueltas al campo de fútbol
y me sentí abandonado.
Con el mismo color de la tierra quemada
vi pintarse los días de mi futuro;
algo advirtió sobre eso
y empezó a acomodarse la camisa
sobre los hombros como si no importara nada.

Me pregunté
si yo podría decir algo sobre mí.
Sentía presión en mis actos;
de un modo nuevo estaba admirando
a aquel hombre. Tal vez lo quería
y no lo sabía porque nadie te dice
como se siente el cariño cuando te quedas solo.

<<¿Por qué hay algo triste
en lo que hacen las personas?>>
Fue lo que pregunté
sin saber para qué.
No respondió
y al cabo del tiempo
esa fue la respuesta
que mejor lo explica.

Omar Alej. 

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