lunes, 5 de junio de 2017

Soy un vulgar llorón que se provoca las lágrimas.

Así que me voy a vivir a China
donde las cosas están mejor
donde tu asesino es un poeta
y tu camarada una chica.
Buenos Alemanes. Leonard Cohen.


Algunos domingos son usados,
para intentar sentirse tan muerto
como el mármol de ciertas lapidas
que por supuesto nunca he visto
porque están en partes del mundo
que yo no conozco.

Soy un vulgar llorón
que se provoca las lágrimas.
Aunque tampoco es más grande
que mi afición a los meses
en los que llueve hasta fuego.

A través de la vida de Mozart,
que reproduzco en pantalla,
me siguen los días que iniciaban a punto
de las tres de la tarde;
entonces, a ti y a mí, nos bastaba soñar
y decirnos que aquello era la libertad…

Pero también los excesos mutaron,
ahora son travesías a través de pantanos
donde es posible matar sin saber por qué lo haces;
despertarte después sin recordar lo que has hecho
y aun así sentirte culpable: porque llamas a la risa
y la risa no viene.

Que intentes decir
que no hemos hablado lo suficiente,
es lejos.

No me he olvidado de aquello
que nunca cabe en palabras.
A esa neblina la llaman memoria
y yo la llamó recuerdo.
Porque las aves no vuelven,
se alejan.
Porque las olas no llegan,
se secan.
Porque el sonido no es todo,
es nada.

En esta cárcel me impongo
con mi egoísmo custodio
y vanidad por bandera.
Ya no hace falta decir que soy un cobarde,
es lo que tan solo he sido…

En una escena, Salieri,
habla de un dios de tortura;
estar de acuerdo con él
es lo que lloran mis ojos
al no derramarse.

Siempre es posible pensar
que este es el mismo poema
que no he logrado escribir
y que no escribiré porque soy
no más un imitador de otros llantos;
pero yo debo saberlo
y solo lo sabré si puedo dejar de llorar.

Omar Alej.

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