jueves, 29 de junio de 2017

La ciudad de Tijuana nunca duerme.

-Ninguno de nosotros sabe bien cómo usar del sexo, qué hacer con él –dije yo-. Para la mayoría de la gente el sexo es sólo un juguete, para echarlo a correr. -¿Qué hay del amor? –preguntó Valerie. -El amor está bien para aquellos que pueden soportar una sobrecarga psíquica.

Mujeres. Charles Bukowski. 


La esperé afuera; el auto en marcha y el corazón a toda prisa. Llevaba conmigo tres mil doscientos dólares verdes, cuatro botellas de whisky viejo y siete paquetes de cigarrillos: nada de ropa ni de zapatos; el viaje era, para seguir sin detenernos salvo a tomar carrerilla. Repetía que quería apostar en un casino y que yo fuera su octava vez allá en Nevada. Como todavía era de madrugada, no sabía bien si aquel delirio yo lo quería o era producto de mi embriaguez. De eso han pasado los nueve años que tarda en irse una lujuria con tantas pecas.

De tan solo escribirlo siento los fuegos que me subían desde el estómago hasta las sienes. Todo a causa de los muslos de sus piernas, levemente recortados por unos pantalones cortos camuflados. Decía llamarse Eva; pero no me importó si era real o algo inventado cuando pidió que robara a Mi Doña lo que había podido ahorrar de sus tiempos lavando pisos en casas ajenas. A mí me daba lo mismo si aquello estaba bien o si aquello estaba mal; solo quería que una mujer con su fuerza quisiera tomarse el tiempo para aplastarme: con veinticinco años uno es la presa más ordinaria.

La ciudad de Tijuana nunca duerme y entre las luces despampanantes de las avenidas y los brillos en la piel de las prostitutas, creí que el destino brillaba por mí. Me dije que era el más guapo de todos y que estaba listo, para enfrentarme a cualquier que quisiera apartarla del camino que quería recorrer hasta el final. Con cuanta inocencia me sentí despiadado y tranquilo. Hubiese jurado que había estado esperando por mí desde niña; pero subió el volumen al radio y gritaba en ingles a los locales cerrados de los comercios.

Poco antes de que amaneciera nos detuvimos y entramos en un motel sin más gracia que un letrero apagado que echaba chispas, para ahuyentar a los perros que le ladraban. Habíamos planeado lavarnos, para después cruzar la frontera; más allá de los laberintos, la voz que llamaba nos sugirió disfrazarnos de sátiro y ninfa. Después, a punto de consumar la decadencia del tiempo y con las luces del sol martillando en mis ojos, me tomó por el pantalón y me lamió la cara con la lengua seca. Con la puerta, todavía, entreabierta se tumbó en la cama, su cabello hizo un aro de contenido rojo y me abrió las piernas mostrándome el breve mundo por el que había dejado atrás una vida que no valía ni el cuidado. Me subí en ella y apenas entré al interior de sus labios me giró de manera en que quedara grabada en mi memoria la grieta en el techo que formaba una equis, sus tetas, su boca gimiendo y su cuello tenso; recién esculpido y brotándole gotas de sudor de whisky. Fue el tipo de sexo que uno torpemente compara con una fantasía; según Bukowski.

Desperté estando solo, sin poder encontrar ni los calzoncillos que llevaba puestos cuando salí, únicamente a comprar cigarrillos. Tenía la impresión de que nadie había dormido conmigo ese par de horas que marcaba el reloj desde la última vez que había parpadeado; queriendo mantenerme atento a sus palabras: nociones sobre la iglesia y la gente que va a la iglesia y bautiza a sus hijos… era como si al haber cerrado los ojos simplemente ella hubiera desaparecido con todas mis cosas. No me hice al drama de pensar en el dinero ¿Cómo podía pensar en eso? Ya nunca volvería a poner mi pito en sus pechos como si yo hubiese ganado alguna medalla al mérito. Ya jamás -al correrme- me exprimiría tallando la cabeza de mi pene contra su campanilla. No volvería a sentir que por fin estoy vivo mientras me mata con sus embestidas (siempre imaginando que ella imaginaba yo fuera otro).

Había resuelto salir a la calle y dejarme desnudo, para poder llegar a pensar en alguna otra cosa que no fuera su idea de combatir los prejuicios a golpes de deformidades (decía que David Lynch era un tipo buena onda y que lo había conocido muy bien con tan solo haber visto la introducción de Twin Peaks); pero giró la perilla y cuando vi que ella entraba solo me volví a meter entre la cobija y aparentar que dormía. Me dijo que sabía que estaba nervioso con un beso en las manos y chupándome el dedo anular que había usado, para meterlo en su culo; me puse duro de inmediato y se sonrió volteando a mirar a la puerta, otra vez, entre-abierta. Traía consigo ropas nuevas, para mí, un desayuno con té y panecillos de queso. Sí, la recuerdo ahora porque, mientras compraba cigarros, la chica del mostrador me propuso escaparnos; esa fue la manera en que la conocí. Decía que se llamaba Eva. No la volví a ver después de abandonarla en el baño de un restaurante de la carretera entre San Diego y las Vegas.
Omar Alej.

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