lunes, 26 de junio de 2017

Iracundo.

‘‘La oscuridad se posa en las ramas.
Quédate muy quieto, no salgas de la casa,
                                                                   quédate muy quieto...’’

La lapicera. Raymond Carver. 


A veces no controlo
las burbujas iracundas
que me ciegan al timón
de una tarde
y la encierro en un cerrojo
de maneras muy cobardes…

Me sumerjo en el reproche,
ignoro las sorpresas incontables
que nos mueven
y hay un sol que sigue ahí
aunque no esté;
se hacen nada las bondades
y enfurezco
como un niño caprichoso:

Me hago viento,
doy mi cuerpo a las llamas;
quiero ver la sangre roja
y partidos en pedazos
los planetas.

De un momento
que antes era el aliviado
horario del descanso,
saco fuerza de venganza
y me arrojo contra aquello
que parezca dominarse.

Los tiernos peces,
desde el hondo mar,
entre sus corales
y las breves aves
desde su enramaje,
anidándose,
se tornan en gigantes
destructores de la calma
y me consiguen…

Me convierto a la impaciencia,
me propongo al estallido
y ya soy el hijo del enojo
más vulgar y primitivo.

Qué vacío
cuando vuelvo
y quedo en contra de mi cara en el espejo
con el gesto miserable
de un idiota sin las alas
que creía que tenía.

Justo ahora no me puedo perdonar
haber culpado de mi suerte
a quien me daba la noticia
de que estoy -igual que siempre-
a solo tiempo
de quedarme en mis miserias
sin poder salir de ahí
ya nunca más.

Omar Alej. 

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