viernes, 16 de junio de 2017

Carta desde el frente (Soldado del ejercito de los 12 Monos)

También Dylan Thomas salió majestuosamente de aquel pasillo y se clavó en el ojo la espina de una rosa y por tal o cual asumió su legítimo sillón relleno en el abarrotado panteón del heroísmo fofo. Como se puede adivinar, no soy amigo de estos tiempos.


Algo de principios de los setenta. Leonard Cohen.



Querida, Julia.

Yo no sabía si lo que hacía era lo mismo que ya había hecho. Podría creer en esa historia de que todo esto que está pasando ya ha pasado, eternamente; pero quería cambiar de tiempo. No me ilusionaba estar ya destinado ni a lo mejor ni a lo peor.

Viendo el pasar de largo, de ciertas nubes que alguna vez nos compartimos; me era posible cambiar en algo los resultados de una inconsciencia que sería todo cuanto tendría al ir creciendo ¿tú lo recuerdas? No es solo guerra lo que tenemos; fue suerte buena. Sí, eso es verdad. El conocerte, estar ahí cuando tú hermana estaba lista para marcharse; pero no fue que aquellos dioses lo dispusieran. Éramos niños, podíamos ser parte de todos y así lo fuimos. Quizá por eso tú antiguo novio ya no creció; porque nosotros nunca volvimos a hablar de él y tú, que eras lo que los juegos entre los patios de los colegios le habían guardado, fuiste detrás del saboteador de salas de espera.

Podría quedarme durante horas solo mirando por la ventana y no vendrías. Para encontrarte siempre es preciso dejar de estar predestinado, cambiar el curso en los relojes, partir en dos las oraciones de algunas gentes que me quisieron y que pedían porque encontrara mi rumbo aquí; sobre la tierra. Estar contigo -dentro de ti, en comunión con tus arranques de perra brava, nunca fue que algo que me sucede. Implica darle la espalda al horizonte donde algún mundo lleno de nada grabó mi nombre y revelarme contra cualquiera que fuera yo; porque no soy ni libertad ni redención ni rey del drama.

Soy quien te busca a través de todos los drenajes de la irrealidad, sobre los bullicios que hacen los pelos y la sequedad en la garganta si uno renuncia a sus alegatos. Puedo ver que hoy no estás aquí y que pudiera sentir que perderte estaba escrito. Sin embargo aceptar el destino es la muerte y yo no moriré. Al no existir forma, para consolarme; no existe consuelo que yo necesite. Puedo saber cuándo están lejos esos caballos que, te contaba, viven en mí; pero no sé saber cuando regresan.

Tú siempre sabes con qué fascinación he sostenido toda mi existencia de un solo vaso con medio whisky. Para acatar su destino uno debe enfrentarse con dos o tres cosas que he logrado ignorar y sabido temer. Ya puedo pasar la vergüenza de sentirme incomprendido; suponiendo que doy una fuga tan pura que es imposible a cualquier tipo de rapiña poder capturar. Decir que hay quien me conoce es tan poco como poca es el agua que entra en una gotera, suponiendo que llueve a cantaros; pareciendo que el sol también se ha vuelto de agua ¿cómo podría tener algún tipo de destino si soy el que te busca?

Si en algún lugar encontraras que hay alguien que te cuenta haberme visto por ahí antes que a ti, puede ser que no haga falta creerlo ingenuo, un impostor o –incluso, que sea yo. Bastará con eludir sus entusiastas propuestas, para un cambio y dejarle detrás de los rollos de alfombra que habrá acumulado según el paradigma de la cultura que objeta como si fuera un espíritu comerciable.

Fue la lucha, los desastres, la carne marcada, los iris incendiados, el cabello quemado, la oscuridad y los saqueos, las míseras migraciones, los cocteles explosivos, el virus de la vanidad, los extrarradios y las lámparas de níquel.  Fue la usura, el ahorro, la lisonja y el derroche; fueron los pies laboriosos de un pasado comulgando en la misa del domingo. Fuimos tú y fuimos yo ¿qué tú no estás? Eso no importa; vale más que darle mérito al destino.

con Memoria.
Omar Alej.

No hay comentarios: