sábado, 6 de mayo de 2017

Son mis héroes, mi alegría.

"¿Me contradigo? Muy bien, entonces me contradigo, soy grande, contengo multitudes."
 Walt Whitman


A ellos cedo la palabra
sobre todo cuando creo que tengo
mucho que decir, para callarme.

Me detengo los impulsos  
y recuerdo que tal caso
me ha venido del parlante
y de las letras
que me mueven a moverme
e ir buscando mi memoria
en las historias de románticas batallas.

Los de siempre;
los que saben -sin saberlo,
colocarme entre los ojos
vistas bravas al confín de mi emoción
y un estrabismo.

Es Sabina, es Andrés, Es Fito Páez
y es siempre Charly: siempre es Charly.
Los más viejos pararrayos que llegaron,
para hacerme ser de lluvia.

Me despojan de elementos
con los cuales pueda herirme
y me suben a una noria
donde veo, al ir girando, como pasan junto a mí
el propio Dylan, Leonard Cohen,
Muddy Waters, José Hierro,
Jaime Gil de Biedma, Echenique
y los Heraldo Negros de Cesar Vallejo
(Cesar Moro, Julio Ramón Ribeyro y Kavafis
tienen tos por eso plantan espirales con el humo
sin moverse del portal hecho con llamas).

Si decido que es silencio
lo que pienso al volver a aparecer
en aquel patio con el miedo,
me transgrede Baudelaire.
Luego monta en mis tristezas;
me hace alado y escapar del laberinto.

Hombres buenos con miserias
y ternuras y motivos y pasiones.
Y algo en mi muy obsesivo
me sugiere que también pactan manías.

Raymon Carver, Philip Roth,
Hank Chinasky, el de Bukowski,
Henry Miller, Dostoyevsky,
Joseph Conrad y Cioran,
son más altos que en persona.
Hablan menos de lo que uno supondría
y además les gusta ver
mientras Walt Whitman siembra un beso
bajo el Oscar Wilde de Dorian Grey.

No son tantos
pues supongo que habrá al norte y en el sur
otros presos de los mitos
que tendrán parcelas más condecoradas.

A mí solo me acompañan los fantasmas
de Henry James y de Charles Dickens,
para su conjura tengo al pie de siete lirios
la sagrada oscuridad de Borges, Jorge Luis.

Tantos son los que me hablan
y me emplean, para ser de ellos corriente
hasta quemarse en el desierto,
agolpándose al oído de Teseo.

Pete Doherty, “Keef” Keith Richards,
Allan Poe, Pablo Neruda más Nick Cave,
dejan lejos de perderse a mis seis seises.
Me convocan a las puertas del infierno
y ahí están sin separarse Mary Shelley
y Lord Byron.

Tocan rápido al cristal de la ventana,
me suspendo el respirar y aguardo que se vayan;
pero insisten y el sonido del crujido es incierto.
Puede ser que no sea nada
o tal vez es Mister Hyde que otra vez ha diferido
con Ahab, el capitan.

Cuando salgo,
ante la luz,
desaparezco;
pero vuelvo a estar dormido
en un sueño alucinante:

Ahí mismo junto a nadie coquetean con el aire,
Miguel Hernández y Chet Baker
mientras dan a Gustavo Adolfo Becquer y a Miles Davis
la pasada de palabras, por minuto, que dejara Lenny Bruce
por estar siempre abrazado a su copia del antiguo testamento.

A ellos cedo la palabra,
sobre todo cuando creo que tengo
mucho que decir, para callarme.

Omar Alej.


No hay comentarios: