jueves, 18 de mayo de 2017

A Omar Alej. (Modo Trinchera)

Yo ya no lloro.
Ni siquiera cuando recuerdo
lo que aún me queda por llorar.


A orillas del East River. José Hierro.


Decidí seguirte a ti porque ibas solo; si tan solo pudiera escribir de la misma manera en la que recuerda Ismael a un mal-logrado Ahab.

No tenías medalla alguna y tu pasado se abría a constelaciones lejanas que ningún astronauta podía ni siquiera soñar.

Eras tan frágil que al verte los niños pensaban que quizá fuera un árbol la sombra que se iba moviendo al ritmo de un tambor de batalla.

Tu mirada calmada le ponía al edificio vecino una corona de soles que atestiguaban la muerte de una parte interior que no podías enterrar.

No saludaste al profeta ni apareciste a firmar las demandas de los pactantes de paz y de guerra que pregonaban los tiempos futuros del cambio.

Habías seguido la espera del mar por el río y acataste la imagen de tu pequeña libreta sangrando tinta sobre las piedras quebradas.

Tu despeinada capa se recostaba en la tierra besando el calor y la lluvia era un juego entre los vientos de lejos y todas las rejas cercanas.

Paso a paso cruzaste el apedreo y la infamia; mientras que en tu socorro todos los fósiles despertaron de su condición de energía.

Baile que bailas sobre las máscaras…

Si hubiera un fondo en el mar vendría cubierto de piel, de tu piel.

A cuánto más que dijera tu nombre cambiabas de especie con los animales; porque sabias que con ellos podías contar y cazar lo que cae de la luna.

De una tristeza sembrada en tus zapatos azules, un rocanrol de ternura que hacia mudas sirenas de ambulancias y patrullas.

Yo estaba espiando detrás de una enredadera y tú mirabas de frente, sobre los ojos de un espejo que había caído en desgracia.

Pude llamarlos mentiras, todos tus largos silencios y nada pareció corromper a las sales que ibas lamiendo del suelo que ahora estaba inventado por ti.

Estoy dejando de ser porque fuiste una rebelión petrificada en su causal y agonía.

Las decadencias te piensan y se consuela sabiendo que estas por ahí, en algún sitio, sin conocer el regreso.

Mi otra mitad era antes una imposible versión de los hechos; pero mudaste de esquina la pena y me han salido agujeros de balas que no me mataron.

Cuando alguien no sabe los resultados de ir sumando las manos, los pies, costillas y la cabeza; le sucede poder desvanecer al gigante:

Quedó reducido a un cuerpo de cobre por el que pasan fracciones de una envoltura que envolvía una venganza.

Decidí seguirte a ti porque ibas solo; estar más allá, estando clavado en mi propio destino.

Omar Estrada.

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