miércoles, 5 de abril de 2017

El día después.

"Ahora bien: el valor de una idea no tiene nada que ver con la sinceridad del hombre que la expone"

El retrato de Dorian Grey. Oscar Wilde. 


Tenía el gesto tranquilo de un rostro calcado en el tiempo con cinceles de piedra. Daba la impresión de haber visto, fijamente, a los ojos, a quien le disparó e incluso de haberle levantado las cejas como un coqueteo. Sin buscar enterarme, me enteré que al llegar al baño todos los mingitorios estaban ocupados y que esa fue la razón por la que entró en uno de los privados. El guardia de seguridad no encontraba la forma de salir de su miedo y euforia. Amenazado por entender por primera vez la realidad,  sostenía la teoría de que al estar frente al escusado y habiendo empezado a orinar, alguien le tomó el pie izquierdo y que al voltear a mirar, de la parte superior del privado vecino, alguien le apuntó y luego jaló el gatillo, dándole dos tiros en el pecho. Es cierto que no tenía un semblante asustado y es cierto también que la figura que hacia su cadáver sobre el piso no era la que queda por alguien que ha pedido clemencia o recordado a sus hijos antes de caer de cabeza a través del olvido.

Pude ver como de un momento a otro el lugar se iba llenando de gente. Los policías nos separaban y repetían que teníamos que irnos. El mismo vigilante que me había explicado, con nerviosismo, lo ocurrido, seguía por ahí mascullando la hechura fina de un lobo al ser cazado. Iba y venía con el teléfono móvil en mano y fumando cigarros que apagaba a la mitad. Me di cuenta del carácter morboso de continuar calculando la trama en la que hubiera sucedido ese crimen, del que de momento éramos inocentes. Escuché a alguien decir que era un ladrón y que se la tenían sentenciada. Lo que no podía explicarme es como llegaron a hasta ese sitio dos monjes del hare-krishna. La situación era cada vez más absurda. Unos se referían al muerto como si lo hubieran conocido de toda su vida y otros hablaban de él como si fuese un animal al que se tenía que sacrificar por el bien de todos. En resumen, todos opinaban igual.  

La mancha de sangre concreta en el pálido mármol de las baldosas del baño, por un momento era verde y cuando uno de los curiosos la pisó era un musgo negro. Una chaqueta amarilla estaba abandonada contra el depósito de agua; entre la confusión de estarme quedando sin nada que mirar, la tomé y me la puse. Metí las manos en los bolsillos y con la mano derecha encontré un papel arrugado. Cuando lo saqué vi que había algo escrito y preferí moverme de sitio, para leerlo.

Salí del recinto y me senté a orilla de la calle sobre una banqueta. Me pareció muy obvio que era la nota que le había dado alguien. No hice el esfuerzo de aprender las palabras ni encontrar un sentido a su discreción. Lo guardé de nuevo y al levantarme busqué ver mi reflejo en el cristal de una puerta abierta. Me sentaba muy bien el color y la talla. Inmediatamente me sentí un ladrón que robaba a los muertos; pero no llegué a saber si aquello era algo bueno o algo malo.

Al quedarme parado sin saber de qué lado se debe iniciar un túnel de escape, hubiese querido despertar otra vez por la mañana y poder hacer algo más por aquel muerto. Ya me había convencido que era una vida hermosa y que no debía de perderse, ni siquiera de hacerse. El mito del último instante de su existencia me perseguía como un sol enviando a iluminar cada mínimo hueco de la tierra con todos sus rayos. Al mirar el acceso a urgencias de un hospital me di cuenta de que en definitiva yo no estaba dispuesto a declararme en favor de solo un trozo de tiempo. Me sobrevino un coraje que quería combatir y tener el aplomo de pasos dados en firme. Además, como cualquier otro lo hubiera hecho, imaginaba que la nota, de la que no quería saber nada, la había escrito una mujer hermosa con los labios pintados y que había preferido no besar el papel. De poder regresar a la vida aquel sujeto me habría matado, seguro.

Es extraño. No recuerdo la forma de regresar a casa. Llevo más de dos horas andando y no logro recordar como volver. Sin embargo no siento ninguna aprensión o angustia, digamos que me siento más allá de vivir o morir. Lo que tengo en mente es la forma correcta de hacerlo ¿yo podría encontrar el coraje de mirar a la muerte y decir “ya llegaste”? considero que no, porque de toda la vida he sido un cobarde; pero ahora sé que eso es lo qué se debe hacer. Estoy ensayando mi propia indiferencia; mientras encuentro una forma, para recordar. Llama mi atención que a los vivos las ausencias los consumen y dejan en sus rostros una marca de pavor, mientras que al difunto que se trata se le queda –algunas veces, un rictus de batalla o placidez.
Omar Alej.

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