miércoles, 29 de marzo de 2017

Sin Leonard Cohen.


Desembarcaremos con esta lancha
en la otra orilla.
Tomaremos la playa
de la otra orilla.
Entonces también acabó la fiesta. 


Me encanta mentir
y miento cada tanto.

Veo que hay un gato que sonríe
y que anda por las ramas de un lucero
hecho de árboles caídos,
él lo sabe.

Es por eso que ahora estoy escribiendo
-por supuesto que no tengo nada más que repetir,
prefiere no hablarme cuando queda claro
que tan solo estoy mintiendo…

Vine sin alma, sin espíritu
sin esencia, sin el fuego ese morado
que se vierte en las copas de pájaros malditos.
Sin identidad, boletos, sin aliento,
sin futuro o pasado.
Vine.
Tan solo con mi cabeza.
Quizá no querrías pasar por aquí;
mira. Estoy viendo toda la nieve,
del círculo polar, arder hasta que nadie se de cuenta.

Porque hay en un solo día
días de esos que no se logran salvar
de la rabia con la que me tocas la frente
en tus recuerdos.
No lo salva ni el Libro del Anhelo
ni saber que aquí,
en el mismo territorio que comienzo,
viviera un señor llamado Leonard Cohen.

Con días como púas
y que son tan fríos
como estar por debajo de un puente,
escuchando carrozas crujir,
entre las manos del hartazgo enfurecido
de la gente.

Pareciera que estoy vivo
y lo estoy de modo impío.
Sin embargo de mi vida queda poco,
solo un gato que sonríe. Que es un diablo que amedrenta
mi soberbia de extranjero.

Que no eran para tanto
ni las ruecas en mi voz
ni mi indecencia.
Me lo dijo el otro día,
mientras íbamos llorando
porque vimos a dos niños
que ya habíamos dejado de entender.

Vine.
Tan solo con mi cabeza.

Ni las manos ni las piernas
ni el coraje,
eso solo mi cabeza lo supone.
Porque claro,
me encanta mentir
y miento cada tanto.

Perdóname, L.

Omar Alej.

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