viernes, 17 de marzo de 2017

La familia y yo (En modo relato).

La gente cree que la historia es algo que sucede a la larga, pero la verdad es que se trata de algo muy repentino.


Pastoral Americana. Philip Roth.

Pic. By Piolo
El Hombre del Tercer Ojo.

Casi no hay nada que me guste tanto como hacer una mezcla con mis canciones favoritas. Me gusta grabarlas en casetes aunque no siempre tengo alguno a la mano. O tengo que usar los casetes viejos que encuentro y grabarles encima o voy juntando dinero, para comprármelos. Prefiero los que son de noventa minutos, así puedo grabar más. Tengo uno, para distintas ocasiones: mezclas de viaje, mezclas de fiesta o mezclas de baile. Mi hermana, Sandra, dice que son idiotas. Ella dice eso porque es mayor, casi un adulto, y casi todos los mayores, tienen esa fea forma de maltratar las ilusiones que otros tienen y ellos han perdido. Mi nombre es Carlos, como Carlitos Gardel y como Charly García; me encuentro con gente que a veces me dice que soy muy joven, para escuchar las músicas que escucho. Me gusta Bob Dylan, me encanta Bob Dylan. Yo no creo que sea joven; el propio Bob cantaba Forever Young y  tener trece años no es un impedimento, para sentirse llamado a vivir en las canciones que me emocionan. Mi amigo Ortiz, tiene diecisiete; pero no ha creído en crecer como los otros. Me dice que es bueno que me guste tanto estar escuchando la radio, aunque él prefiere escuchar discos completos. Yo también lo haría, si pudiera; pero como no tengo dinero y en mi casa somos seis, pues no tengo la opción de pedirle a mi madre dinero, para comprarme discos. Mi madre trabaja en una tortillería, a una cuadra de donde vivimos. En el local de a un lado de su trabajo tienen una bocina gigante y siempre están sonando canciones que yo no conozco y que, aunque seguro que son bonitas, a mí no me gustan; por eso fue a ella a la primera a la que le regalé una cinta mezclada. La titulé “Tortillas de amor” y aunque le puse muchos temas muy bellos, la mejor es  “El día que me quieras”. Siempre he sentido que esa canción algún hombre debería dedicársela a mamá; lo contento que estaba cuando al volver a casa la escuchaba meterse en su cuarto y poner en la grabadora el casete que le había regalado. Sin embargo hubo un día en el que no tuve ganas de compartir mi rebanada de pastel con Antonio, otro de mis hermanos mayores, y La Maco, mi madre, se puso tan brava que le saltaban los ojos y me llamó “cerdo egoísta”, creo que porque le dolió que Antonio le dijera que nunca había comida suficiente y que era insoportable tener que compartirlo todo. Mamá se volvió loca y empezó a tirarme cosas mientras yo me escapaba de ella corriendo por la casa, me encerré en el baño y como no quise abrirle, porque tenía miedo de que me pegara, me dijo que iba a romper el casete que le había regalado y lo rompió. Escuché como tronaba del otro lado de la puerta y al final salí; La Maco estaba llorando y tirada en el piso, la rodeé con la punta de los pies y la miré hacia abajo. Si la hubiera ayudado a levantarse se hubiera ofendido aún más y seguro que me coge por las muñecas y me deja tonto a golpes con el cable de la plancha. Ortiz dice que son cosas de adultos y que no debo tomarla contra mi madre. Ese día me llevó a su casa, para que pudiera grabar mis mezclas usando sus discos. Qué bueno que había encontrado tres casetes que Santiago, otro de mis hermanos, no quería volver a escuchar. Porque se los había grabado una novia que después lo dejó por un escritor que no es tan insoportable como él. Fui con Ortiz y como si no fuera nada, me dejó solo ante su pila de discos compactos. Me mostró cómo usar el grabador, para pasar las canciones del disco a la cinta y me sugirió que empezara por uno que se llama “Abraxas” de Carlos Santana, otro tocayo.  Seguí buscando entre aquellos cd´s. Lo que ahí me encontré es el más grande tesoro que se haya visto jamás. Tiene discos de rock, de blues, de boleros, de jazz y de una música que yo no conocía; él dice que se llama “folklor”. Tuve que hacer muchos esfuerzos, para no robarme “Las Cartas” de Cartero, el dúo que canta “The Fucking Song”.

He estado muy emocionado mientras seleccionaba de los discos todas aquellas canciones. Fue como ir de paseo o a una feria con una pulsera que te permite subirte a todos los juegos. En ocasiones me desesperaba e iba adelantándolas, para saber si quedaban con el tipo de mezcla que quería hacer. Me sentía un gran productor y fantaseaba con que todas aquellas canciones las hubiera escrito yo y que estaba seleccionándolas, para ver cuál ponía en mi disco; que iba a ser lanzado por una gran disquera. Me reía de mí, por mi impaciencia, cuando debía borrar alguna que después no quedaba tan bien. No había nadie apurándome; pero yo quería saber todo acerca de esas canciones que nunca antes había oído. Tanta era mi ansia que en una sola tarde hice las tres mezclas, “Rayo que parte” “pa´ tu merienda” y “Perdón mi Maco”. Al ver el reloj de Star Wars, que Ortiz tiene en su cuarto, me fui corriendo porque ya pasaba de la hora a la que puedo llegar. Qué bueno que había dejado una nota en el tocador del cuarto de La Maco, diciéndole que estaba donde Ortiz preparándole una sorpresa. Brincaba de cuadro en cuadro a través de la banqueta y me sentía poseedor de la solución a cualquier malestar que tuviera La Maco. Mi alegría no duró mucho. Al llegar a casa nadie sabía dónde estaba Fernanda, mi hermana morena, que es hija de otro padre: un catalán que, según dice mamá, vino y se fue. Con él, la Maco, había engañado al padre de sus otros cuatro hijos, incluido yo; razón por la que papá no vivía con nosotros ni podía vernos. Es una situación extraña que nadie quiere explicarme, porque Fernanda también es más grande que yo. Si yo soy el menor ¿Cuál es mi papá? En fin, mi hermana morena no estaba y nadie sabía decir lo que estaba pasando. Cuando pregunté me dijeron que ya la habían buscado por todas partes, la escuela, los hospitales y delegaciones de policía. Me causó mucha gracia, como si se tratara de una tontería. Yo ni siquiera me había enterado que hacía ya tres días que estaba sin venir a dormir. Pensé que aquello estaba muy mal y además me perjudicaba más a mí que a nadie. Porque al final, Fernanda, era la más buena conmigo y la quien mejor hablaba inglés; yo tenía examen la próxima semana y contaba con que me ayudara a estudiar o tal vez a escribirme una nota de enfermedad. Después me sentí muy culpable, mi hermana morena estaba extraviada y yo no me aguantaba las ganas de escuchar y que escucharan mis mezclas. Además nadie quería decir que no era la primera vez que desaparecía, para después regresar diciendo que se había ido a la playa con su amiga Violeta. Entre tanto silencio y voces cortadas, empezaba a olvidar las canciones que venían en cada uno de los casetes; eso me angustiaba mucho. Iba re haciendo las listas en mi cabeza, canción a canción, porque se supone que si una mezcla está bien hecha tendría su propio estilo y eso las haría distinguirse unas de las otras. Con Santiago recargado en la puerta del refrigerador, con Sandra moviendo el sillón, con Antonio hablando por teléfono y La Maco con la mirada perdida mirando la puerta, Fernanda apareció. Cruzó la entrada y justo al entrar dejó caer una bolsa en la que traía recuerdos de Tlaxcala. Todos querían matarla, menos yo que quería escuchar mis grabaciones nuevas; pero lo impidió que justo detrás de ella entró un chico suizo que era su nuevo novio. A mí, verlo me cayó en la punta del pie como un mazo grande y pesado ¿qué se creía con su carita tan blanca? como si nunca hubiera hecho un mandado o recibido un desprecio. Peor que eso, fue que cuando estuviera con él, mi hermana morena, no me haría caso. Mis otros hermanos y La Maco, estaban furiosos. Le gritaron y le dijeron tantas maldiciones que ninguna de ellas tuvo impacto. Fernanda hizo cara de que todos eran locos y exagerados. Se dio la media vuelta y volvió a salir con su nuevo novio detrás de ella.

Ya se han pasado dos días, hasta hoy. Fernanda no ha regresado y no creo que lo haga hasta que se haya aburrido del rubiecito y tenga que volver “al calorcillo del fuego sagrado de la costumbre”, como le gusta decir. La bolsa que dejó tirada en el piso ha ido de un sitio a otro sin que nadie la levante o se fije qué hay adentro de ella, he pensado en abrirla; pero si no son casetes se me romperá el corazón. Al menos Antonio no parece tan mortificado. Se hizo un nuevo tatuaje, ayer. Siempre dice que es el más libre de la familia “¿Cómo es que estar marcado con lo mismo, para toda tu vida, te hace libre?” -le preguntó mi hermana, Sandra, que es tan rara y que se cree tan especial, cuando estaba presumiendo el águila que le pintaron en la espalda. Nunca ha sido violento y fuma mucha marihuana en una pipa estilo el Che; pero se puso como una bestia y le pegó con el puño a la pared. Yo no estaba. Me lo contó Ortiz, que además está enamorado de Antonio y de Fernanda al mismo tiempo. El insoportable de Santiago está más pesado que nunca y sigue en su huelga de hambre. Es porque a nadie le interesa su revista de crítica literaria. A veces la he leído y es como que no puede ocultar su mala onda y enojo; nunca nadie es suficiente, para él y se nota pues él mismo nunca hace nada diferente de lo que tanto critica. Ortiz me ha dicho que no tiene corazón y que sin corazón la alegría no es posible. Yo pensé que tal vez si buscáramos al Mago de Oz; pero justo él es el claro ejemplo de que los libros igual que hacen bien hacen el mal. A él lo han vuelto idiota y envidioso. Me gustaría que también Ortiz, fuera mi hermano, él es hijo único y vive con su padre pues su mamá se murió de un ataque cerebral. No le gusta venir a casa cuando está mi madre porque le hace añorar a la suya. Es una lástima que La Maco siempre llegue tan cansada y no tenga ganas de hacer el esfuerzo de conocerlo y encariñarse con él. Yo creo que Ortiz le caería muy bien. Se parece un poco a ella, quiere ser siempre prudente y educado; pero hay momentos en que pierde la paciencia y querría quemar su casa. Justo como La Maco, cuando se da cuenta que no hay nada más que avena. Yo sigo estudiando, para mi examen de inglés y no he podido escuchar mis mezclas; ya ni sé si tengo ganas. Ya en unos días es mi examen de inglés; pero como sé que no lo voy a aprobar me he salido un rato a estar en la calle. Andaba en la bicicleta de Hilda, la vecina de enfrente; cuando vi a La Maco, pasó y me dijo que subiera con ella.  Pensé que seguía triste y que me tocaría quedarme en casa castigado por lo que hacen mis hermanos y porque ella ya no puede regañarlos sin que la ignoren. La dejé adelantarse y luego ya me fui hasta la casa. Subí a su cuarto y no estaba, grité llamándola y me contestó desde mi cuarto, donde dormimos Santiago, Antonio y yo.  Cuando entré me dijo que me sentara a su lado y puso andar el grabador. Me rodeó el cuello con sus brazos y me besó en la mejilla. Después me cogió la cara con las dos manos y me dijo “canalla”.  La canción que sonaba era Knockin' on Heaven's Door.

Omar Alej.

1 comentario:

Anónimo dijo...


Valió la pena. mucho! Apenas y sentí que duraba. Creo muy acorde con eso de que la historia es algo muy repentino. Me encanta que se siente así como un niño. que aun conserva esa inocencia infantil sabes?. que todo gira en torno a esa emoción de la música, de escogerla, de darle sentimiento a sus mezclas, jajaja leer lo de Cartero me puro una sonrisota en la cara! jaja of curse my horse... thefuckingsong!!! y la cinta para La Maco! me da tanta ternura, de verdad. no sé, imaginar su vida en familia, sus tratos de hermanos, la vida sin un padre. mmm sus conflictos que parecieran cotidianos... Su emoción toda desvaneciendose, porque parece que a nadie le importan las mezclas que hace, y la vida sigue, con la ausencia de su hermana, los conflictos de los demás hermanos, se ve tan pequeño.. y justo esa sensación de su madre, regresando a él. dandole esa importancia a sus detalles. amándole. al ritmo de Dylan. me reconforta tanto, se me hace bellisimo! por todo. pareciera tan cotidiano, tan familiar. y tan fuerte. esos pequeños momentos. ese instante repentino que se hace historia. :') es precioso! Lo quiero! Jja

FloresFer.