miércoles, 8 de marzo de 2017

El día del alacrán; más allá de la perenne emoción.


No sabía qué hacer. Y no sólo ahora, pensó, no sólo en esto, no sólo a este respecto, hoy y mañana, sino ningún día, en ningún momento, nunca.

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? Raymond Carver.


En el Día de la Marmota Bill Murray
despierta una y otra vez en la misma fecha,
mientras suena Sonny and Cher
y él se despereza: ¿es costumbre o disidencia?

Constantemente me ocurre pensar en ello
atrapado en el tráfico,
sobre la misma calle que ayer fuera mi camino  
y hasta –casi estoy seguro, entre los mismos automóviles
que eran los imposibles barrotes de mi prisión
diurna y corruptela.

Yo quiero que el trayecto importe
y subo el volumen
y golpeo el volante
y miro al costado
y quiero fumar
y llorar y bajarme
e impulsarme y volar;
dejando un hueco de vigas y cemento
donde estuviera parado
como si fuera un cristo que vuelve y renuncia…

Cuando la fila avanza
me golpea la presión de la prisa;
en el corazón de la gente, me acuno.

No estoy tan sobrado de valentía,
sé que no es la misma fecha de antes
aun si es el mismo día armado en restos, víscera,
luz, confinamiento y veneno.

El pobre alacrán se ha roto las alas;
se las hice con alambre y soldadura
forrándolas en piel de rata.
Quería agradecerle por no morir al picarme;
pero me dijo que no era una abeja
como yo no era un pez
y nos hicimos hermanos de causa.

De causas perdidas,
como nuestra unión
o nuestra separación.  

Ya no puede volar
y no quiere que lo vuelva alar.

Sabe todo del desierto
y cuando quise intentar contarle mi parte
con un poema, en el que yo decía sobre el oro en la arena;
muy rápido fue
y me picó otra vez:

<<cuando quieras aprender,
aprenderás, compañero>>

Y si es así
como el sol se repite
y si es así como el mar es el mismo,
aquí como allá.

Ojala, no.
Ojala que no.

Omar Alej.

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