jueves, 2 de marzo de 2017

Cuando es necesario dormir, para estar desnudo.

“Con qué dulzura el tiempo
dispone de nosotros
mientras vamos cogidos del brazo
por el Puente de los Detalles:”

A una joven monja. Leonard Cohen.


Cuando estoy solo con una soledad de concurrencia,
un cubre camas, sabanas, dos colchas,
la luz de la pantalla al otro lado del pasillo,
una almohada, tres cojines y la libido en mis manos
con cuatro horas bajo cero.

El recuerdo de una perra que abrazaba, condenado
a pasar la noche afuera, en el patio de mi casa;
también humo de cigarro
y también canto Chelsea Hotel, es la costumbre
cuando un lobo se ha flashado con un tigre.

Otra vez aquella duda,
un ojo al gato imaginario
y otro al garabato que compré en Atlixco-Puebla.
Un paseo a la nevera, embutidos,
un obtuso vaso con agua
y programar en media hora de retraso las alarmas.

Un molino hecho con sombra en la pared,
un gigante derrumbado y un hidalgo
como fuente de potencia.

Estoy diciendo todo eso que me arropa
cuando ruedo por la noche sin poder dormirme;
no es materia literaria
ni se hará con nuevos mundos, solamente tengo un sueño
y pocas ganas de dormir…

Oración, para pedir el fin del mundo.

Un muñeco de ventrílocuo repitiendo el mismo mantra:
VenVenVenVenVenVenVen.

La insaciable sensación de estar perdiéndome de algo.

Abro la puerta y salgo,
son las seis menos catorce.
Lo que tengo por decir siempre depende
del aliento con el cual pueda llegar al escenario.

Tantos pueblos,
tantas fechas,
tantos rostros,
tantos dioses y leyendas,
tanto tonto, tanta bestia.

Tanto ahínco –inútil, vulnerable.

Ojala que no siguiera persiguiendo la verdad.

Cuando estoy solo con una soledad de concurrencia,
un cubre camas, sabanas, dos colchas,
la luz de la pantalla al otro lado del pasillo,
una almohada, tres cojines y la libido en mis manos
con cuatro horas bajo cero.

Omar Alej.

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