martes, 21 de febrero de 2017

La poesía dice del poema: "no lo entiendo"

Y ahora,
perdonadme, señores,
que interrumpa este cuento
que les estoy contando
y me vaya a vivir
para siempre
con la gente sencilla.


Oda a la crítica. Pablo Neruda.

Estoy sobre las hojas
de un poema imposible de leer
mientras espero por la cita con el doc
(al estar padezco un gran catarro
e infección en la garganta).

Cuando el médico me atiende
me dice que repose,
que beba líquidos
y además me inyecta un antibiótico
espectral de amplio espectro.

Por lo que entiendo,
es la consecuencia del domingo a la noche
que salí, para ir a ver a un gran artista.
Sin embargo sigo sin saber de qué diablos
quería ser el Gran Jeronimo, el poeta
en la colecta de allá afuera:

Talibanes culturales proliferan
y hacen que uno que no es docto en idioteces
sea un idiota, vaya mierda cultural;
antisistema propagado por el culo del sistema.

Más adentro, en la consulta,
no parece que le importe
al doctor -ni a nadie al lado,
que yo debo de salir siempre de noche.
Si le cuento que mi oficio es de canalla,
sin siquiera levantar del recetario la mirada
me receta cistinea cada doce horas largas
que yo iré memorizando hasta olvidarles.

Lo mejor, para aliviarme,
seria estar lejos de todo,
es lo que pienso al abrocharme la camisa;
ver el blanco de la nieve cuando es blanco
todavía
o volver en el pasado
y romper aquella hoja
en la que ponía que me iría
una vez que el mal de invierno me dejara.

O una dieta de poetas
de esos que pa todo hacen alarde de lo hondas
que resultan senda y onda cuando ellos las atizan;
masticarlos, devorarlos, digerirlos y expulsarlos.

Esto es solo un catarro
e infección en la garganta
y aunque han puesto a mis sentidos
sobre un filo de navaja temblorosa
no es tan malo.

La medicina no entendería
que yo crea que mi dolencia
no es otra que palabras dislocadas
en poemas sin poesía; pero insufribles.

1,2,3… Manifiesto:

Hazlo humano,
a mister dios
háganlo humano
o tendré que estornudar
en cada uno de sus incompresibles vectores
vietnamitas, atareados al cencerro
de la punta horizontal del horizonte
tan cainita y tan permeable:

ángulo sin magnitud.

Sí, eso mismo les pregunto: yo también.


Omar Alej.

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