miércoles, 1 de febrero de 2017

Aquí y ahora; contra ayer.


Vaya, esta cerveza está fría, fría y con amargor de lúpulo... Sería una bobada pararse a respirar; traga, glup, glup, hasta que no queda ni gota.

El arcoíris de la gravedad. Thomas Pynchon.


Salió de entre el agua
y brinco hasta mis manos
sin peso ni geometría;
decidido, apuntante, certero.

No duró mucho.
Apenas después
me había puesto a pensar
en abrir un bote de cerveza,
en comer papas fritas
y subir el volumen al radio
en el que sintonizaba canciones
de jinetes y caballos.

Se fue atravesando la noche,
no se enganchó ni en la luna
y se quedaron sin verlo los satélites rotos
que orbitan alrededor de la tierra.

Hubiese querido saberlo;
jamás me hubiese negado
a convertirme en raíz de su fuente:
también es cierto que hay ocasiones
en las que hablo después,
cuando ya todo pasó.

Pero era un buen sentimiento,
tenía la paz de los ojos del niño gordito
con el que me senté durante el viaje escolar
al zoológico de Hermosillo;
sus padres le habían preparado
un sándwich con crema de cacahuate
y yo jamás había probado tal cosa.
Me pareció suficiente, para ser feliz.

Salió de entre el agua,
como cada día cuando llego a casa;
me sentía destrozado
y a nada de asumir el silencio
como lo único bravo que podía responder
ante cualquiera de mis dudas

Pero era un buen sentimiento,
no de bondad o prudencia;
más como estar desnudo
o mirar en lo oscuro
o robarse un beso
o patear la pelota…

Ayer dije que podía ver que al final
también la hidalguía se rompe.
Sin embargo salió de entre el agua,
era un buen sentimiento:

Aquí y ahora.

Omar Alej.

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