miércoles, 18 de enero de 2017

Sin maquillaje.


Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.

Paso y me quedo, como el Universo.
El guardador de rebaños. Alberto Caeiro (Fernando Pessoa)


Cuando tenía trece años
imaginaba que luego -al salir del hospital,
me habría curado del todo;
sería cuestión de unos días,
para estar jugando de nuevo a la pelota
y al juego de dinamitar seriedades.

Algo me ansiaba corriendo, como si tuviera la oportunidad
de alcanzar aquello que se iba a toda prisa.
Sin embargo no fue,
la convalecencia duró tanto tiempo
que no se ha terminado.

Caminaba cojeando,
la fuerza hizo polvo mi pecho  
y no sabía reponerme de la sensación
de caer en el más profundo abandono.

Me disculpaba pensando
que aquel era el modo de actuar del destino.

Ahora lo recuerdo,
podría estarme pasando lo mismo
y ser este abismo la conclusión del camino.

Cuento las estrellas
mientras fumo un cigarro
y suena el mazo de la corte;
aunque no me pregunto
de dónde ha venido un encuentro
suelo responderme que ya se ha acabado.

Creí porque creo que no creer es peor.
Intento no deprimirme ante el ocaso de las viejas ternuras.

Lo que hoy sé de la flor
es que alguien la encuentra
y percibe su aroma
y después la corta;
es porque en su fin la rosa está seca,
como el futuro.

Duele decir que -en el día, mi hazaña es sobrevivir
y que ya no me desconcierta la muerte
al costado, en cualquier mostrador.

Esperaba subirme en un tren
y dejar estaciones atrás;
he logrado
ser la estación que alguien dejó
sin volverse a mirar.

Puedo presumir
que cualquier mañana,
al despertarme temprano,
para subir a lo que me queda,
lo haré solo;
sin nadie que ría a mis tonterías,
habiendo fallado en mi camuflaje.

Omar Alej.

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