jueves, 12 de enero de 2017

Prosaico.

¿A que sería estupendo tener un montón de obligaciones y pasarte el día cumpliendo con ellas sin darte cuenta siquiera de que son obligaciones?

El mal de Portnoy. Philip Roth.


Es un triste viejo que una vez fue un hombre triste. Lleva unos vaqueros que le cuelgan de los huesos y es moreno en cenizo, como un rubio. Tiene un libro en un cajón, sobre la vida de Sinatra; pero ya no tiene el ímpetu del que le brotaba la ironía. Ha perdido el derroche de color con el que hacia una palabra, contra el mundo. Nunca tuvo la fortuna literaria de tener lectores fieles que entendieran a su alma y lo consideraran inmortal.

Por haberse desprovisto de favores y confianzas y lealtades y de amigos, vive solo entre muros de adobe. Cambió su dirección de la ciudad hasta este pueblo en las orillas del estado de Chihuahua. Se perdió, por aferrarse a lo que él creía era poesía y malditismo, el sosiego de una mujer calentándole frijoles en la olla o diciéndole “papito ten mi cuerpo pa tu cruda”. Ahora tiene que fumar solo lo justo, beber de lo que otros van dejando y cuidar su par de botas para que le duren –cuando menos, año y medio.

Habla poco y aunque no suele lamentarse demasiado. Veo que mira de re ojo algunas cosas del pasado como el día en que siguió, sin detenerse, maldiciendo las costumbres de todo aquel que le cruzaba. Adivino que sospecha que fue necio. Bien podría estar ahora menos sucio y olvidado; pero tuvo el infortunio de soñar con hacer las cosas a su modo y reventó con las dos manos la cabeza de su ángel protector que –es curioso, ignoraba que escribir fuera algo bueno o relevante.

<<Si quizá no hubiera dicho, si quizá no hubiera hecho>> de esa duda no se salva ni el más grande desertor. La comedia de este hombre, parecido a una colilla pisoteada, es que el calor –del que ahora quedó preso, siempre fue algo irritante y que quería evitar a toda costa. Habiendo sostenido, una y otra vez, que él era mucho más que cualquier ley; no ha podido ir en contra de las leyes naturales.

En sus días pasa poco o casi nada, se despierta muy temprano, cuando aún está la luna. Sin embargo no se sale de la cama hasta entrada la mañana, el mediodía. Un poeta en condiciones contaría que sus ojos están llenos de un silencio que se esfuerza en callar a las ciudades que algún día lo verían ir de traje a recibir reconocimiento por su obra, no fue así; pero no olvida. Entre el horizonte y sus manos juega a que siempre todo acaba de un modo u otro.

Ciertas tardes de domingo, a la casa que está en frente de su cuarto, llega un matrimonio con dos hijos. La mujer tiene solo 30 y el varón tiene acaso 34; no ha querido preguntarles de donde vienen o como se llaman. Cree que es él y que ella es aquella… con los niños se platica de lo obvio de las cosas, eso fue lo que aprendió cuando tenía una familia y eso hace: le entretiene ir contándoles de un viejo que una vez sería escritor y que murió sin rescatar a una musa que dejó en una casa de empeño.

Estoy seguro que se fue y llego aquí porque -al ir viendo que su suerte no cambiaba, tenía miedo de encontrarse con alguna de las mujeres que habían sido sus amantes. No tenía ya el aplomo, para sostener la letanía de evasión con la que menospreciaba cualquier acto con raíz o con futuro.

No fue escritor y hace tiempo que no es ningún poeta; pero de viejo aprendió algunas cosas: nada de eso era importante. No del modo en el que suele impactar a las personas. Lo que hizo fue seguir hasta el final y fracasó, eso está bien; cuando al fin llueve. Al conocerlo no le hablé de que yo mismo iba hacia él a relevarlo. No he querido fastidiar con esperanzas a quien llegó a la libertad por no haber sabido liberarse de la guerra.

Omar Alej.

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