jueves, 5 de enero de 2017

Los 33 por Mila Ojea.

33 ejercicios de maquillaje, por Omar Alej


   Rara vez encuentra uno una perla cuando abre una ostra, y cuando eso sucede, la dicha es tal que puede pasarse horas contemplando el tesoro, aprendiendo sus matices, con el pulso desbocado por saberse poseedor de algo único. Eso ocurre con Omar Alej, rara avis, tocado por el talento de la pureza, capaz de unir lo trágico y lo cotidiano con la belleza y la audacia de las cosas que sólo suceden una vez, y hacer que esa unión brille de un modo que atrapa.
   Cuentan sus poemas momentos únicos, imágenes inventadas a veces, reales otras, siempre con un poderoso lenguaje cinematográfico de principio a fin, con conclusiones devastadoras que lo dejan a uno flotando y balanceándose en la tela de araña. “No pido que olvides / por supuesto que no; / pido que en ti / toda la llama se quede / y se queme – empezando por mí, / la nostalgia”, dice.
   Comienza la poesía y, como pavo real, despliega sus alas, acoge, sucumbe, emociona. Huye de la calma, porque Omar está lleno de historias, de preguntas, de océanos. Y ahí dentro, en su pluma, están todos los huracanes, los tifones, las tormentas y eso que algunos llamamos ternura.
   Ideas nobles y precisas, adictivas, dueño de sus palabras, idas y venidas, sobrevuela a veces la sombra de Cohen. Y todos esos personajes satélite que le rodean y que practican a diario sus ejercicios de maquillaje. Qué es la vida si no.
   Nadie como él es capaz de reinventar lo podrido, lo gastado, lo aburrido, y darle una nueva pátina de barniz y verso que lo saque de la estantería del olvido para volver a primera línea del escaparate iluminado. “Me rasgó por adentro / la velocidad de los ríos”, escribe.
   Es un placer bucear en sus páginas, sus líneas, su descaro latente, su provocación innata, su aroma a sexo sucio y vibrante bajo una farola encendida. Y qué decir de sus retratos musicales y milimétricos, donde despedaza cada trozo de carácter, abre en canal corazones y vísceras, y llena de colores aquellos interiores donde nunca antes llegó la luz.
   Son sus poemas, a veces, fotografías en blanco y negro, o piezas de puzzle descarnadas, o la primera palabra de un niño. Son saltos sin red de seguridad, piedras lanzadas a muros irrompibles, miradas de fuego. Son el riesgo, la mugre, los ojos brillantes del gato que se desliza en silencio. Son balas certeras, y pasos de niebla que todo lo cubren. Y se quedan para siempre dentro de uno. “Casi estoy encontrando / el motivo celestial / de llevar una vida miserable; / pero me faltas”, cito.
   Omar regala ciudades, postales, personas, charcos, lágrimas, especias, lunas. Abre un mundo propio y lo expone desnudo, sólo envuelto por la invisible pasión. Hay que estar dispuesto no sólo a nadar, sino a sumergirse hasta el fondo para encontrar la perla, tomar aire, mucho aire, y deslizarse en las aguas de su lenguaje con las manos abiertas para agarrar todo lo ofrecido, el gran regalo de su presencia, el latido de esa belleza que únicamente él identifica y nutre.
   Omar sabe cómo sangra la noche, porque es poeta de raza, y teje las venas de las calles con maestría. No sabe, en cambio, nada del miedo, por eso su palabra es rasgada, dulce, violenta a veces, por eso habla de realidades y cielos, de la miel y del hedor, y mezcla todo con euforia.
   Prepárense, porque ha abierto de par en par las puertas del porche de su alma, ha barrido la hojarasca, ha afinado el piano y se dispone a encender unas velas: ahora es cuando pueden entrar y mirarse en su espejo. Créanme, se sentirán en casa.

Mila Ojea.
Novelista.

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