miércoles, 11 de enero de 2017

Lo leí en algún sitio.

Es un chiste familiar, el día en que estaba yo mirando una tormenta de nieve, por la ventana, de muy pequeñito, y pregunté, muy ilusionado: "Mamá, ¿Nosotros creemos en el invierno? ".

El mal de Portnoy. Philip Roth.


No era gran cosa,
solo su suerte,
los dientes sucios más una gorra de Minnesota  
y un par de dados.

En su camisa de manga corta
no hay as oculto
y si hace falta también remanga
lo cotidiano.

Prefiere el frío
y usar el ojo con el que miran
los soñadores de grandes sueños,
cuando despiertan atribulados.

Perdió a Lucia,
fue la primera después de Jess
que lo dejó.
Él ya sabía
que había poco por resolver
en un fracaso,
estrepitoso como un amor que no termina.

Si escribo de él
no es que sea yo un detective
o alguien morboso;
se me parece
y eso me pone en perspectiva
cuantas maneras
tiene una nuez, para romperse.

Con la más bella
de todas ellas
no había en común
ningún lenguaje,
duraron tanto como las moscas.

Luna era un beso,
Lourdes el arte,
Naomi el muro de los lamentos,
Lorna en satín era una gata
y Becca una carta
que iba escribiendo ciego en la noche,
como un secreto.

Todas supieron
y él lo sabía,
que había pactado con el destierro.
Era la playa que borra huellas;
pero como un cenicero
guarda el aliento de ciertas dudas.

Hubo momentos vacíos de todo
como un desborde
y vendedoras de cobre usado…

Se dejó el pelo,
la barba rala
y cambió de nombre;
no funcionó, tampoco Eva
se fue con él a su escondite,
donde guardaba su pasión roja
por ir en contra de la marea.

Y si mañana,
en un evento de presión alta,
estalla el mundo en su cabeza,
podría pasar que alguien sostenga
su mano izquierda;
pero no habrá nadie que sepa
de las razones, para estar solo.

Omar Alej.


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