lunes, 23 de enero de 2017

El mirón de Luz, la camarera.

Ahora es siempre el mismo, despierto o dormido; nunca deja de tener el mismo sueño, ya no hay diferencias entre ambos mundos: para él sólo existe uno.

El arcoíris de la gravedad. Thomas Pynchon.


Se queda mirando a través del cristal
y aunque ya conoce la coreografía
de un desayunador público, previo a su apertura,
lo que observa con patética agudeza  
es que del otro lado de la puerta no hay nadie…

Atrás de la banca blanca
en la que se encuentra sentado
pasan las personas que se van
y las que regresan.

En ese mismo local hubiera hablado con ella
antes de que se marchara;
solo fueron cinco minutos,
su descanso para fumar un cigarro
y tener que dejarlo por la mitad.

No es aún la hora de apertura a los clientes.
Sin embargo está listo, para re hacerse a través
del marco de la puerta.

Se ata las agujetas con precisión,
se alisa la solapa de la americana.
Distingue luz verde de luz amarilla
y se inventa la noticia
que abarca el titular de la prensa
en el quiosco que interrumpe la esquina.

Le gusta sentarse a mirar
todos los actos que se sucedían alrededor de ella,
mientras que de mesa en mesa
servía los pedidos de gente con prisa;
pero ya no está.

Un joven regordete
pasa el fregador y hacer sonar un ruido de campanillas,
un hombre sin gesto, con cara de papel tapiz,
cuelga un letrero que pone las horas
de un reloj sin animar.

Ha entrado un cliente
y han salido dos
que no ha visto entrar
o que no había percibido
porque ahora que los ve
los encuentra a punto de apagarse.

Se levanta
porque sabe que él mismo
no llama la atención de nadie,
el desamparo te alcanza tarde que temprano
y eso es democracia.

Aquel ínfimo universo -del que ella ya se ha ido,
es lo que único que tiene,
para recordarla.
Mañana volverá a enmarcar en una puerta
su destino, habiendo ya pasado.

Omar Alej.

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