martes, 24 de enero de 2017

El habitante, con una tocha no muy pronunciada.


La luz del cielo transforma todas las superficies vulnerables en un uniforme y crudo gris

El arcoíris de la gravedad. Thomas Pynchon.


Pero él no estaba,
entrabamos corriendo al comedor
y gritábamos hablando.
Nuestro olor era de calle
y de polvo acumulándose
en las casas vacías que nos servían de cubil,
para explorar el mundo.

Pero él no estaba,
la madre de Miguel
nos cocinaba huevos fritos y patatas;
nos contaba de una tía que tenía
en el estado de Jalisco
y que sabía cocinar mientras cantaba
El día que me quieras, casi a punto de llorar.

Pero él no estaba,
muchos dicen que soy un nuevo tipo de idiota,
que hablo mucho y que voy tan vacío
que no hay forma de saciar mi mezquindad.
Sin embargo es real lo que les cuento;
ahí había más historia
que en cualquier enciclopedia sobre el tiempo
de los hombres en la tierra.

Pero él no estaba,
hubo un día en el que fuimos a nadar
dentro del río del bosque de la primavera
y al volver no habían secado nuestras ropas interiores;
se nos hizo una mancha en la entrepierna
y parecía que hubiéramos ido orinando
al descender a la ciudad,
nos miramos y empezamos a contar
sobre los peces que nos mordían los pies
y sobre el arco que habíamos armado
con una liga y una rama, muy pequeño…

Pero él no estaba;
conocí a su madre y a su padre,
los abuelos exiliados.
Tenía su propia habitación
y quizá el primer monitor de ordenador
que hubiera visto hasta entonces.
Había algo en él algo de Robinson Crusoe;
pero para entonces yo no había leído
ningún libro de aventuras.

Una vez lo vi servirse -en vaso largo,
ron con coca
y dijo algo de la guerra;
de una chica que perdió en Montparnasse.

Pienso en él cuando algo cae
y esa caída me remite a todo cuanto he visto caer…
me da miedo.

Olía mal, cojeaba, le faltaban dientes,
era padre, esposo, hijo y habitante;
pero él no estaba.

Omar Alej.

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