jueves, 26 de enero de 2017

Algunos poemas son todo lo que hay que saber.

“Afuera
el calor se hace rayos
las primeras gotas pesadas de la lluvia
atizan el patio
Escucha
Qué espléndidos estos regalos”

Adulterio. Raymond Carver.


Me refugio en el poema,
esto es mío y todo mío,
el universo.
Es a mí a quien le habla, a nadie más.
En mi cumplí con su destino
y en mi carne, su hoja blanca
se tiñe de escalofrío.

Es severo,
no hay piedad en sus palabras:
el mensaje incandescente
no comprende realidad.

Me seduce cuando cuenta que estoy solo,
me acompaña.
Me aniquila que me pida que lo olvide y que camine sobre el agua,
me hace Adán y me hace Eva.

Soy el tonto
al que el poeta le escribió,
soñándolo;
como él soy otro chico atrapado en un cuarto de ventanas
que al cruzarse dan a un cuarto de ventanas
que al cruzarse dan a un cuarto de ventanas
que al cruzarse dan a un cuarto de ventanas…

Su fragancia es la tela
con la que cubro el recuerdo y la espera por lo que recuerdo.

Acaso me cuenta
que tengo en mi pecho un brasero
que debo atizarlo con besos,
con dudas y golpes de adiós que marcan los tiempos del miedo:

Salir a venderme a cambio de viajes a lunas, conmigo.

Me refugio en el poema
es una bala que tiene mi nombre.
Cuando fui pequeño,
Tú no puedes ver lo que yo vi;
mi sombra recargada en la nada
y sin poder consolarla de todas las cosas que quiso alcanzar
con sus manos de sombras…

Tan solo el poema
ha estado conmigo
y tal es su filo.
Rasgó en mis ojos la vista
con la que hoy veo el horizonte.

Así en el poema
-mientras todo se pierde,
queda la ola primera
sobre la cubierta del barco
y también el hueso de durazno
con el que cada tarde
el sol se ahoga.

Yo te hablo a ti
que no tienes nada,
que estás enojado
y que necesitas saber
que alguien más ya lo sabe.

Omar Alej.

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